1r Concurso Relato Corto LLB
Veintitrés de Abril.
Llegó la fecha marcada por muchos de nosotros, en rojo, en el calendario de nuestra habitación: Sant Jordi.
Salir a la calle, adentrarse entre la multitud de pasajeros de calles transitadas, cerrar los ojos y respirar profundo. Olor a rosas acabadas de tallar y a historias nuevas que esperan, impacientes, ser leídas y devoradas, ser sentidas e interpretadas.
Desde Los Libros de Bastian hoy queremos anunciar el GANADOR DEL CONCURSO DE RELATOS CORTOS.
Hace unos días publicamos los tres finalistas (Mi vida y yo, Extinguiendo recuerdos y Recuerdos pintados) en la página de Facebook. Hoy, el ganador de ese fantástico premio: ¡UN TALLER DE ESCRITURA CON SILVIA G. GUIRADO!
Después de mucho debatir, creemos que EXTINGUIENDO RECUERDOS de Hesíone (Silvia Vallespín) y RECUERDOS PINTADOS de Rhyma (Patricia Ibárcena) son los relatos que nos han puesto los pelos de punta con mayor intensidad por su frescura y fluidez, por sus tablas a la hora de escribir y la expectativa que crea al ir leyéndolo. No hemos podido elegir tan sólo uno. Como tercer finalista tenemos a MI VIDA Y YO de Sophie (Anna Alejandre).
Ha sido una difícil elección debido a que muchos de los relatos que nos habéis enviado tienen una calidad exquisita.
Desde Los Libros de Bastian queremos animaros a seguir escribiendo, innovando… Ya sabéis que estamos a vuestra disposición para todo aquellos que queráis mostrarnos vuestro trabajo y compartir con el resto.
Mil gracias por vuestra colaboración,
LOS LIBROS DE BASTIAN
RELATOS GANADORES
Recuerdos pintados
La caja cayó al suelo de piedra; pero ni siquiera esta, dura y vieja, pudo romper la madera de roble que protegía su bien más preciado, aquel que llevaba siempre con él. El hombre se agachó y con una mano temblorosa y maltrecha, no por la edad, sino por el dolor que provocaban los recuerdos vacíos, la cogió y la colocó en su sitio. Con el paso de alguien que ha vivido mucho y le queda poco por ver, el hombre se sentó en el taburete, cogió el único pincel que tenía y empezó a trazar el mismo dibujo de cada día, el único que aún vivía en su mente, el único que mantenía su corazón latiendo: la dibujó a ella.
El sol despuntaba los primeros rayos de sol y con ellos la gente se acercaba de distintas partes de la ciudad, paseando por las estrechas calles del barrio. En las terrazas, unos pocos locales se sentaban a tomar el desayuno mientras presenciaban una de las mejores vistas de todo París: la plaza de los pintores.
Como cada día, estos llegaban de las diferentes casas del lugar. Se levantaban bien temprano y caminaban hasta la concurrida plaza, donde se peleaban por el mejor puesto para colocar sus instrumentos. Desde allí aguardaban como depredadores, pacientes, preparados para capturar cualquier cosa y plasmarla en el papel. Una persona que pasea distraída; un pájaro que vuela con las alas extendidas, conquistando el cielo; una gota de lluvia que cae e impacta contra el suelo para después fragmentarse y desaparecer. Cualquier cosa bastaba para todos los pintores, ávidos de arte. Bueno, no. No para todos.
El hombre de las manos temblorosas continuaba sumido en su dibujo. No era como los demás artistas. Él no vendía sus obras a los desconocidos, él no paraba a cualquiera y lo hacía presa de su pincel. No. Él solo la retrataba a ella, y su modelo eran los recuerdos vacíos que guardaba con codicia en su interior. Recuerdos que a veces amenazaban con escaparse, con dejarlo solo con su vejez, perdido en medio de un mundo que no comprendía, un mundo demasiado difícil y complicado como para ser captado. Pero el hombre, con la determinación grabada a fuego en sus ojos y la llama de la esperanza quemando en el corazón, luchaba y los aprisionaba en el rincón más seguro de su mente. Sí, podía haber perdido todos los demás. Podía haber perdido su niñez, su juventud e incluso su familia. Pero a ella no. Por alguna razón que desconocía a ella no podía olvidarla. No quería, se negaba, no entraba en sus esquemas.
Ese día la imagen fue más nítida que nunca. Se le apareció como un espejismo, una ilusión. Lo iluminó como la luz más pura alumbra la oscuridad. La vio sentada en una roca, junto al mar. El pelo rubio y los ojos verdes, brillantes como esmeraldas. La sonrisa eterna esbozada en sus labios, las palabras a punto de salir de su boca…
Era la primera vez que la veía. De hecho, era el día que la había conocido, el día en que se había enamorado de ella. Él había bajado a la playa para pasear junto al atardecer, como dos fieles amigos que se encuentran cada año en verano. Pero esa tarde algo rompió la monotonía. Estaba ella, sentada frente al mar, mirada perdida en el horizonte, pensamientos reflejados en el rostro. Soñaba despierta, soñaba con un mundo que parecía imposible e inabarcable.
El hombre de manos temblorosas, ahora un joven castaño y fuerte, caminó hasta encontrarse junto a la chica.
No todos los días viene un desconocido y se sienta a mi lado sin preguntar. –dijo perdida en el movimiento de las olas.
El chico se sorprendió ante el comentario.
No todos los días encuentro a otra persona en esta playa desierta. –Y era la pura verdad, esa playa solo la frecuentaba él. Estaba demasiado alejada del pueblo y las rocas que la rodeaban dificultaban su alcance.
Lo he supuesto, no es muy fácil llegar hasta aquí.
La chica extendió la pierna derecha y mostró un corte que le cubría una buena parte de la extremidad.
¿Por qué te has arriesgado tanto para llegar? Hay más playas aparte de esta.
Eso no es cierto. Esta es única. Además, necesitaba escapar, ir a un sitio donde nadie me encontrara.
Él decidió no preguntar más al respecto, no quería meterse en asuntos que no eran de su incumbencia, y menos en los de aquella chica. No quería alejarla de su lado, espantarla como a un ave con el mínimo movimiento. Era como si la primavera acabara de llegar después de años desaparecida y lo hubiera cubierto todo de color, de vida. El joven la miró directamente a los ojos y no los apartó. Supo que estaba frente a la manifestación más perfecta de la belleza, ante su definición más exacta.
¿Cómo te llamas? –ella sabía que la estaba mirando.
Alexander, ¿tu?
Casandra.
Conversaron hasta que el atardecer dejó paso a la noche, hasta que la luna asomó en lo alto del cielo, atenta a todo, reinando con su cetro plateado. Ella le habló de su vida, de su mundo, distinto al de él en todo. Le habló de sus sueños, de su deseo de dejar atrás sus estrictos padres y ser libre, tomar las riendas de su propio destino. Él la escuchaba con atención, absorbió cada una de las palabras que salieron de sus finos labios rosados, haciendo que se enamorara todavía más de ella.
Espero verte otra vez –le dijo él cuando se despidieron.
Quién sabe, puede que vuelva a arriesgar mi vida para llegar hasta esta playa secreta –esbozó una sonrisa pícara.
Y lo hizo. Al día siguiente Alexander la volvió a encontrar en el mismo lugar a la misma hora. Allí estaba, su figura recortada en las rocas, mirada perdida en el horizonte, un millar de sueños volando libres a su alrededor. La primera mujer que había amado de verdad, la única que amaría en toda su vida.
Corrió hasta el saliente y ella lo recibió con una sonrisa. Sin decir una palabra, extendió el brazo izquierdo y le mostró una herida que le cubría el codo.
Ya van dos veces en las que arriesgo mi vida por ti. Esto se está convirtiendo en una costumbre.
Alexander rió y se agachó junto a la chica de ojos esmeralda. Se sacó un pañuelo del bolsillo y le limpió la herida con delicadeza. Casandra no lo detuvo.
Tendremos que encontrar una manera más segura de vernos.
No me importa, vale la pena.
Ese día le tocó a él el papel de orador. No tenía una vida muy interesante, había dicho con una inclinación de hombros. Vivía en la casa que se encontraba al borde del acantilado. Se había criado en ese pueblo desde que nació y nunca había puesto un pie fuera. Durante el año iba al colegio y después volvía a casa. Solo salía de su habitación cuando el atardecer lo llamaba, era el mejor amigo que tenía. El verano lo pasaba en el taller de pintura de su padre. Quería ser artista, como él. Cada día se encontraba entre el lienzo y el pincel, absorto en un mundo del que se sentía dueño.
Nunca había conocido un pintor amigo del atardecer.
Y nunca conocerás a ninguno, soy especial.
Quizás sea por eso que no puedo evitar venir a verte.
El primer beso no tardó en llegar. Fue en uno de esos cálidos atardeceres en los que se reunían y charlaban hasta que la luna los obligaba a separarse. Ambos sabían que pasaría, ambos lo esperaban con el corazón en llamas. Como siempre, solo se encontraban ellos dos y los colores del cielo.
El verano pasó raudo, voló veloz, le ganó la carrera al tiempo. Terminó sin que se dieran cuenta, los cogió desprevenidos. En una semana ella debía regresar a su ciudad y él a su monótona vida de pueblo. Los dos evitaban hablar del día que se acercaba como una ola gigante, amenazando con devorarlos. No querían pensar en las palabras que se tendrían que dedicar, palabras de despedida, palabras cargadas de una tristeza infinita.
Podríamos escapar, vivir los dos, lejos, muy lejos de aquí. –dijo Casandra.
¿Y tus padres? ¿Qué dirían ellos?
¿Crees que me importa? Yo solo deseo estar contigo. Te quiero, no necesito nada más.
Alexander la miró. Su rostro era un mar de sentimientos. Vio un amor infinito hacia él, un amor que no conocía límites, un amor eterno. Vio el deseo de marchar de ese lugar y ser libre de decidir su futuro. Vio emoción ante el camino que le proponía, aquel camino que tanto anhelaba tomar. También vio miedo, por lo que él pudiera pensar, miedo a acabar perdiéndose, a equivocarse. Pero por encima de todo vio una determinación que nunca había visto en ninguna otra persona. Y fue por esa determinación por la que no dudó en su respuesta.
Vayámonos de aquí.
Y escaparon. En dos días ya estaban fuera de la ciudad. No lo hablaron con su familia, no dejaron que los pararan. Tenían pensado viajar hasta París y después de una noche de reposo continuar hasta Viena, donde se quedarían en un pequeño piso que había sido de la familia de Casandra. Pero no pudieron, la ciudad francesa los enamoró con sus calles, los sedujo con su historia, con su arte. Se instalaron en un apartamento en el barrio de Montmartre y empezaron su nueva vida.
Los años pasaron y trajeron la felicidad con ellos. Todo fue calma y tranquilidad. Alexander había conseguido su sueño, se pasaba el día pintando por las calles y vendiendo sus obras. Casandra había abierto un pequeño local donde cantaba todas los noches en directo, no tardó en ser conocida como una de las mejores artistas de todo París. Ganaban lo justo y necesario para mantenerse, no necesitaban más.
Pero la vida es una balanza, necesita un equilibrio; y hasta ese momento el peso se había decantado hacia un lado, era hora de compensarla. Llegó la muerte.
Llamó a su puerta, se presentó sin ser invitada. Y con la más gélida de sus sonrisas se la llevó. La arrancó de su vida, de cuajo, sin miramientos. A sangre fría. Se le arrancó y lo dejó a él solo en un mundo carente de sentido. Se la arrancó y no dio ninguna explicación, decidió cogerlo por sorpresa. Él le suplicó a la muerte que la devolviera, se postró ante sus pies y le rogó con toda su alma que lo llevara a él también, que prefería dejar de existir a una vida sin ella. Pero la muerte no lo escuchó, le dedicó una sonrisa de hielo y, todavía con el alma de Casandra en sus brazos, se dio la vuelta y se marchó. Y se quedó solo, vacío. Se habían llevado a la única persona que le daba razones para levantarse cada día. Se habían llevado a su vida, para siempre.
No pasó el día en que el joven no llamara a la muerte desde su casa. No pasó el día en que la buscara con todo esmero. Buscó en cada rincón que pudo, en cada pensamiento, en cada suspiro, en cada sueño…Pero todo fue en vano. Otra vez, la muerte no lo escuchó, le dio la espalda, siempre con una sonrisa de hielo en el rostro.
Sus lágrimas llegaron al tiempo, y el tiempo se apiadó de él. Le empezó a quitar los recuerdos. El primero se fue sin que él lo advirtiera. El segundo no tardó en llegar, se llevó consigo las primeras etapas de su vida. El tercero lo cogió por sorpresa y el cuarto lo sacudió de sus sueños, provocándole duda. Pero tanto él como el tiempo, el más sabio de todos, sabían que era lo mejor, que el dolor se iría, que todo se desvanecería como el polvo en un día de lluvia. El quinto se llevó gran parte de su juventud y el sexto se la llevó a ella, dejando solo su imagen en recuerdos carentes de significado.
Su dolor se apagó. No se puede decir que se fue, eso era imposible. Había sido condenado desde que la muerte había decidido arrancar de su vida a esa chica de ojos brillantes. Lo sabía. Así como también sabía que sus recuerdos se desvanecerían uno a uno hasta quedar reducidos a nada. Todos, incluso el de ella. Pasaría a formar parte del cementerio del olvido, enterrada en el pasado, obligada a permanecer encerrada en un lugar demasiado alejado para poder ser alcanzada. Decidió prepararse, y cuando el tiempo llegó con su propósito, él la despidió con una sonrisa en el rostro, la despidió en su casa, donde habían vivido durante tantos años, la despidió y vio como el tiempo le arrancaba el recuerdo y este fluía entre sus manos hasta desaparecer en el horizonte.
Y la olvidó. Se esfumó como todas sus otras etapas, como todo lo que antes había llegado a formar parte de él. Ahora solo veía la imagen de una chica rubia con ojos verdes que brillaban como dos esmeraldas. Y la veía en todos lados. En la playa, sentada en un saliente de rocas, en la casa, en las calles de la ciudad…no se iba. Pero por mucho que intentara reconocerla, por mucho que quisiera saber quien era, no podía. No recordaba nada. Era como intentar encontrar el sentido de la vida. Era como un perro pretendiendo llegarse a morder la cola. Giraba en círculos y cuando creía que lograría resolver el enigma, saber quien era, el tiempo volvía y se encargaba de llevarse el recuerdo otra vez. Volvía al principio, una imagen sin sentido.
Su vida se convirtió en un ciclo. Se despertaba por las mañanas y cuando abría los ojos, el sentimiento de vacío le recorría cada célula de su cuerpo, acompañado de la imagen de esa chica, más fuerte que una ola en medio de una tormenta. Se vestía y se dirigía a la plaza de los pintores sumido en sus cansados pensamientos. Llegaba y, después de pelear por un lugar para instalar sus instrumentos se ponía a dibujar la imagen que aún se imponía en su mente. La pintaba tan bien como podía, se esforzaba al máximo por captar aquella belleza tan pura, aquella belleza que en otro tiempo había descansado junto a él. Quería saber quien era, estaba tan cerca de averiguarlo, solo le faltaba un trazo aquí, otro allá…Y de repente, un recuerdo, como un relámpago; su nombre, su voz, su olor, la escena, su vida. Hasta era capaz de evocar las palabras que había pronunciado. Pero tan rápido como venían, se iban y todo se tornaba vacío.
Como cada día, el hombre de manos temblorosas acabó el dibujo cuando el sol empezaba a esconderse entre los edificios más altos de la ciudad. Alexander contempló su obra de arte e inclinó la cabeza pensativo, mirando la joven que acababa de dibujar. <<Es como si la hubiera conocido en otro momento.>> Las palabras sonaron en su cabeza, pero no les dio importancia. Recogió sus cosas y dejó la pintura en un rincón, como siempre, suponiendo que alguien se la quedaría. Y volvió a casa, sin saber que a la mañana siguiente se despertaría con la imagen de una mujer con ojos de esmeralda.
El primer rayo de sol le hizo abrir los ojos. Alexander caminó hasta la plaza sumido en sus pensamientos. Cuando llegó la caja cayó al suelo de piedra; pero ni siquiera esta, dura y vieja, pudo romper la madera de roble que protegía su bien más preciado, aquel que llevaba siempre con él. El hombre se agachó y con una mano temblorosa y maltrecha, no por la edad, sino por el dolor que provocaban los recuerdos vacíos, la cogió y la colocó en su sitio. Con el paso de alguien que ha vivido mucho y le queda poco por ver, el hombre se sentó en el taburete, cogió el único pincel que tenía y empezó a trazar el mismo dibujo de cada día, el único que aún vivía en su mente, el único que mantenía su corazón latiendo: la dibujó a ella.
Rhyma
Extinguiendo recuerdos
El primer y el último miércoles de cada mes ocurría algo extraordinario. A las dos de la madrugada, un tren con origen San Petersburgo entraba en la estación de Koltsevaya en un andén aleatorio y descendían tan solo unas pocas personas que preferían el horario nocturno fuera por el motivo que fuera. Entre ellos se encontraba él. Con el tiempo había averiguado que trabajaba en una relojería importantísima del centro de San Petersburgo, mientras su amada aguardaba con paciencia en Moscú. Las despedidas no me gustan en absoluto, por eso pasaba por alto el primer y el último sábado de cada mes cuando él se marchaba de nuevo para ir tan solo los miércoles. La chica morena con rasgos siberianos y el relojero se encontraban en la mitad del pasillo. Cuando se abrazaban era como si desataran una retahíla de recuerdos que no tenían ni principio ni final. Entonces él sacaba de la maleta negra de charol que acarreaba una bolsita de tela y se la entregaba a su chica, que resultaba ser el envoltorio de una antigualla con agujas que seguramente nadie debía querer ya. Algún día hice los cálculos y llegué a la conclusión de que ella tendría al menos tres decenas de relojes viejos. Cuando llevaba dos meses despertándome a la una de la madrugada para ir a ver a aquellos extravagantes amantes, empecé a preguntarme por qué lo hacía. Se me ocurrieron un montón de cosas, pero creo que la más acertada era que me gustaba contemplar aquella escena desde la lejanía porque me parecía un fragmento de una película. La escenografía era maravillosa: las arañas grandes y doradas del techo iluminaban con suficiencia el túnel subterráneo, que con sus grandes cuadros de pintores casi anónimos y marcos barrocos tardíos, acompañaban al transeúnte hasta la salida. Los personajes principales eran tan reales como yo misma y la historia estaba tejida con hilos de sobrecogedor apego. Más adelante vine acompañada. Llevaba mi Leica X2 colgada del cuello y como era la cámara más pequeña y por ende discreta que tenía, pude sacar tantas fotografías como quise escondida detrás de una de las columnas.
Lo que jamás se me hubiera ocurrido era que mi rutina se resquebrajase de un día para otro. Aquella noche lluviosa de abril sorprendí a la alarma de mi despertador con una sonrisa. En tan solo media hora estaba en la boca de la estación, echando aquella ficha más parecida a una moneda que a otra cosa y descendí por las escaleras mecánicas hasta las galerías. Eran todavía las dos menos cuarto cuando me escondí bajo uno de los puentes del largo pasillo y esperé con paciencia, ajustando la obertura del diafragma, la velocidad de obturación, la saturación y el contraste. No olvidé el modo blanco y negro que hacía las fotografías más mías. Miré mi reloj justo cuando el tren encajaba en el andén. Respiré hondo. Mi corazón latía con más fuerza y velocidad. Mis pupilas se dilataron ligeramente, las vi reflejadas en la lente de la cámara. Mis latidos se fueron haciendo más rítmicos conforme pasaba el tiempo. Las puertas del tren emitieron un sonido ensordecedor que me hizo cerrar los ojos por unos instantes y cuando los volví a abrir, una manada de gente se dirigía al final del corredor. Mi mirada descansó en todos esos hombres y mujeres que daban pasos agigantados en algo parecido a una carrera por llegar a la salida. Sus cuerpos se aglomeraban con violencia, hasta que finalmente se desatascaron y la estación volvió a vaciarse por completo. Cuando volví a mirar el reloj eran las tres de la madrugada y todavía no había rastro ni de ella ni de él. La desilusión que sentí en aquel momento era equiparable a un globo que se deshincha con el barrido del segundero sobre el dial del reloj. Me dejé caer, arrastrándome por la pared hasta que mi trasero entró en contacto con el mármol frío del suelo a través de los tejanos. Noté cómo las cuencas de mis ojos se anegaban de lágrimas que quería dejar salir al exterior, lo juro, pero no se escapó ni una. Un sollozo huyó de mis labios sin permiso y traté de acallar el desengaño que susurraba mentiras de forma incesante en mi cabeza. Me cubrí el rostro con el pelo de color rojo fuego al igual que el telón de un escenario y aguardé como si me quedara por delante todo el tiempo del mundo. Mis manos se iban agarrotando con el frío, la temperatura exterior debía ser inferior a los cero grados. Sentía los músculos entumecidos por el mismo motivo y creo recordar que jugué con la idea de volver a mi hogar, pero no sé por qué acabé decidiendo que lo mejor era permanecer en aquel abúlico lugar disfrazado con una máscara de indiferencia.
Durante horas estuve encogida detrás de esa columna alabastrina, preguntándome por qué me sentía así y cómo una ilusión creada de recortes de la vida de personas ajenas tenía la fuerza suficiente para hacer que mi mundo girase en la dirección contraria.
Hesíone
SEGUNDA FINALISTA
MI VIDA Y YO
2 de septiembre
Me llamo Lidia López y tengo 12 años, soy de Barcelona pero desde hace unos meses vivo en Oslo (la capital de Noruega). Nos mudamos desde Barcelona debido al trabajo de mi madre.
Mi madre trabaja en la A.C. I. F. F. (Asociación Científica Internacional de la Flora y la Fauna), más conocida como F y F.
La cuestión es que la sede de la empresa de mi madre en Barcelona cerró debido a la crisis económica que afecta al país.
En el trabajo de mi madre le dieron la opción de trasladarnos a Egipto, Vancouver u Oslo. La primera opción era la que al principio a las dos más nos gustaba. Tenemos parientes allí, mi tía Meritxell y mi tío Hasan. El problema fue que mi madre no quiso que nos trasladáramos debido a la guerra que allí hay.
La segunda opción era Vancouver pero mi madre no quería tener que cruzar el océano.
Y la tercera fue la vencida: Oslo, un nombre interesante. La idea de tener que soportar el frío nórdico no me disgustaba, me gusta el frío, de hecho me gusta tener que abrigarme debido al frío. Incluso en verano no hay día que no me tape, pero eso es causa de mis miedos del pasado.
Mi madre y yo vivimos solas, entre estanterías llenas de libros y paredes llenas de cuadros.
En Barcelona vivíamos en un modesto cuarto, del barrio antiguo y sin ascensor.
Mi antiguo colegio se llamaba Pau Casals, me llevaba bien con mis compañeros y también con mis profesores, pero amigos verdaderos no es que tuviera ninguno. Sacaba buenas notas y acabé muy bien la primaria.
Nos mudamos en junio dos días después de que empezaran las vacaciones.
Así que en una semana empiezo el instituto aquí en Oslo. Creo que mi futuro instituto se llamará… Gughenheim.
En Oslo vivimos en una planta baja, el techo y las paredes son de madera y además en el techo reposan losas de pizarra.
Aquí en Oslo todas las casas tienen las vallas bajas, en cambio en Barcelona las pocas casas que veía tenían las vallas altas, como si quisieran darse más importancia.
No tengo padre, bueno ahora no. No lo conocí. Mi padre se separó de mi madre en cuando se enteró de que estaba embarazada.
En mi antiguo colegio mis compañeros a veces me preguntaban:
-¿No lo echas de menos?
Y yo les respondía:
-¿Cómo puedes echar de menos a una persona que no conoces?
5 de septiembre
Hace varios días que una figura blanca ronda por los alrededores de mi casa, mañana saldré a investigar.
7 de septiembre
Esa figura blanca era ni más ni menos que un cachorro de perro husky abandonado. Después de mucho suplicar y hacer visitas tanto a la policía como al veterinario para comprobar que no tenía chip, Copo es mío. Es un glotón y siempre quiere jugar, suerte que tenemos un gran jardín.
16 de septiembre
Hoy empecé el instituto y llevé este diario conmigo, que por cierto me regaló mi madre en el aeropuerto de Barcelona. De momento creo que tengo una verdadera amiga, se llama Sheila y a las dos nos encanta leer. Hablamos en inglés, suerte que en Barcelona iba a una academia desde los 5 y además mi profesor hace conferencia conmigo cada viernes, de 16:30 a 20:30. Me enseña todo lo que han hecho mis compañeros a lo largo de la semana. Yo hacía dos horas cada martes y jueves.
A lo que íbamos, Sheila ha leído este diario y me ha sugerido que porque no me hago escritora… no lo había pensado.
La idea me gusta.
PD: Copo sigue creciendo.
Pseudónimo: Sophie

















