1r Concurso Relato Corto LLB

Veintitrés de Abril.

Llegó la fecha marcada por muchos de nosotros, en rojo, en el calendario de nuestra habitación: Sant Jordi.

Salir a la calle, adentrarse entre la multitud de pasajeros de calles transitadas, cerrar los ojos y respirar profundo. Olor a rosas acabadas de tallar y a historias nuevas que esperan, impacientes, ser leídas y devoradas, ser sentidas e interpretadas.

Desde Los Libros de Bastian hoy queremos anunciar el GANADOR DEL CONCURSO DE RELATOS CORTOS.

Hace unos días publicamos los tres finalistas (Mi vida y yo, Extinguiendo recuerdos y Recuerdos pintados) en la página de Facebook. Hoy, el ganador de ese fantástico premio: ¡UN TALLER DE ESCRITURA CON SILVIA G. GUIRADO!

Después de mucho debatir, creemos que EXTINGUIENDO RECUERDOS de Hesíone (Silvia Vallespín) y RECUERDOS PINTADOS de Rhyma (Patricia Ibárcena) son los relatos que nos han puesto los pelos de punta con mayor intensidad por su frescura y fluidez, por sus tablas a la hora de escribir y la expectativa que crea al ir leyéndolo. No hemos podido elegir tan sólo uno. Como tercer finalista tenemos a MI VIDA Y YO de Sophie (Anna Alejandre).

Ha sido una difícil elección debido a que muchos de los relatos que nos habéis enviado tienen una calidad exquisita.

Desde Los Libros de Bastian queremos animaros a seguir escribiendo, innovando… Ya sabéis que estamos a vuestra disposición para todo aquellos que queráis mostrarnos vuestro trabajo y compartir con el resto.

Mil gracias por vuestra colaboración,

LOS LIBROS DE BASTIAN

www.loslibrosdebastian.com

 

RELATOS GANADORES

Recuerdos pintados

La caja cayó al suelo de piedra; pero ni siquiera esta, dura y vieja, pudo romper la madera de roble que protegía su bien más preciado, aquel que llevaba siempre con él. El hombre se agachó y con una mano temblorosa y maltrecha, no por la edad, sino por el dolor que provocaban los recuerdos vacíos, la cogió y la colocó en su sitio. Con el paso de alguien que ha vivido mucho y le queda poco por ver, el hombre se sentó en el taburete, cogió el único pincel que tenía y empezó a trazar el mismo dibujo de cada día, el único que aún vivía en su mente, el único que mantenía su corazón latiendo: la dibujó a ella.

El sol despuntaba los primeros rayos de sol y con ellos la gente se acercaba de distintas partes de la ciudad, paseando por las estrechas calles del barrio. En las terrazas, unos pocos locales se sentaban a tomar el desayuno mientras presenciaban una de las mejores vistas de todo París: la plaza de los pintores.

Como cada día, estos llegaban de las diferentes casas del lugar. Se levantaban bien temprano y caminaban hasta la concurrida plaza, donde se peleaban por el mejor puesto para colocar sus instrumentos. Desde allí aguardaban como depredadores, pacientes, preparados para capturar cualquier cosa y plasmarla en el papel. Una persona que pasea distraída; un pájaro que vuela con las alas extendidas, conquistando el cielo; una gota de lluvia que cae e impacta contra el suelo para después fragmentarse y desaparecer. Cualquier cosa bastaba para todos los pintores, ávidos de arte. Bueno, no. No para todos.

El hombre de las manos temblorosas continuaba sumido en su dibujo. No era como los demás artistas. Él no vendía sus obras a los desconocidos, él no paraba a cualquiera y lo hacía presa de su pincel. No. Él solo la retrataba a ella, y su modelo eran los recuerdos vacíos que guardaba con codicia en su interior. Recuerdos que a veces amenazaban con escaparse, con dejarlo solo con su vejez, perdido en medio de un mundo que no comprendía, un mundo demasiado difícil y complicado como para ser captado. Pero el hombre, con la determinación grabada a fuego en sus ojos y la llama de la esperanza quemando en el corazón, luchaba y los aprisionaba en el rincón más seguro de su mente. Sí, podía haber perdido todos los demás. Podía haber perdido su niñez, su juventud e incluso su familia. Pero a ella no. Por alguna razón que desconocía a ella no podía olvidarla. No quería, se negaba, no entraba en sus esquemas.

Ese día la imagen fue más nítida que nunca. Se le apareció como un espejismo, una ilusión. Lo iluminó como la luz más pura alumbra la oscuridad. La vio sentada en una roca, junto al mar. El pelo rubio y los ojos verdes, brillantes como esmeraldas. La sonrisa eterna esbozada en sus labios, las palabras a punto de salir de su boca…

Era la primera vez que la veía. De hecho, era el día que la había conocido, el día en que se había enamorado de ella. Él había bajado a la playa para pasear junto al atardecer, como dos fieles amigos que se encuentran cada año en verano. Pero esa tarde algo rompió la monotonía. Estaba ella, sentada frente al mar, mirada perdida en el horizonte, pensamientos reflejados en el rostro. Soñaba despierta, soñaba con un mundo que parecía imposible e inabarcable.

El hombre de manos temblorosas, ahora un joven castaño y fuerte, caminó hasta encontrarse junto a la chica.

         No todos los días viene un desconocido y se sienta a mi lado sin preguntar. –dijo perdida en el movimiento de las olas.

El chico se sorprendió ante el comentario.

         No todos los días encuentro a otra persona en esta playa desierta. –Y era la pura verdad, esa playa solo la frecuentaba él. Estaba demasiado alejada del pueblo y las rocas que la rodeaban dificultaban su alcance.

         Lo he supuesto, no es muy fácil llegar hasta aquí.

La chica extendió la pierna derecha y mostró un corte que le cubría una buena parte de la extremidad.

         ¿Por qué te has arriesgado tanto para llegar? Hay más playas aparte de esta.

         Eso no es cierto. Esta es única. Además, necesitaba escapar, ir a un sitio donde nadie me encontrara.

Él decidió no preguntar más al respecto, no quería meterse en asuntos que no eran de su incumbencia, y menos en los de aquella chica. No quería alejarla de su lado, espantarla como a un ave con el mínimo movimiento. Era como si la primavera acabara de llegar después de años desaparecida y lo hubiera cubierto todo de color, de vida. El joven la miró directamente a los ojos y no los apartó. Supo que estaba frente a la manifestación más perfecta de la belleza, ante su definición más exacta.

         ¿Cómo te llamas? –ella sabía que la estaba mirando.

         Alexander, ¿tu?

         Casandra.

Conversaron hasta que el atardecer dejó paso a la noche, hasta que la luna asomó en lo alto del cielo, atenta a todo, reinando con su cetro plateado. Ella le habló de su vida, de su mundo, distinto al de él en todo. Le habló de sus sueños, de su deseo de dejar atrás sus estrictos padres y ser libre, tomar las riendas de su propio destino. Él la escuchaba con atención, absorbió cada una de las palabras que salieron de sus finos labios rosados, haciendo que se enamorara todavía más de ella.

         Espero verte otra vez –le dijo él cuando se despidieron.

         Quién sabe, puede que vuelva a arriesgar mi vida para llegar hasta esta playa secreta –esbozó una sonrisa pícara.

Y lo hizo. Al día siguiente Alexander la volvió a encontrar en el mismo lugar a la misma hora. Allí estaba, su figura recortada en las rocas, mirada perdida en el horizonte, un millar de sueños volando libres a su alrededor. La primera mujer que había amado de verdad, la única que amaría en toda su vida.

Corrió hasta el saliente y ella lo recibió con una sonrisa. Sin decir una palabra, extendió el brazo izquierdo y le mostró una herida que le cubría el codo.

         Ya van dos veces en las que arriesgo mi vida por ti. Esto se está convirtiendo en una costumbre.

Alexander rió y se agachó junto a la chica de ojos esmeralda. Se sacó un pañuelo del bolsillo y le limpió la herida con delicadeza. Casandra no lo detuvo.

         Tendremos que encontrar una manera más segura de vernos.

         No me importa, vale la pena.

Ese día le tocó a él el papel de orador. No tenía una vida muy interesante, había dicho con una inclinación de hombros. Vivía en la casa que se encontraba al borde del acantilado. Se había criado en ese pueblo desde que nació y nunca había puesto un pie fuera. Durante el año iba al colegio y después volvía a casa. Solo salía de su habitación cuando el atardecer lo llamaba, era el mejor amigo que tenía. El verano lo pasaba en el taller de pintura de su padre. Quería ser artista, como él. Cada día se encontraba entre el lienzo y el pincel, absorto en un mundo del que se sentía dueño.

         Nunca había conocido un pintor amigo del atardecer.

         Y nunca conocerás a ninguno, soy especial.

         Quizás sea por eso que no puedo evitar venir a verte.

El primer beso no tardó en llegar. Fue en uno de esos cálidos atardeceres en los que se reunían y charlaban hasta que la luna los obligaba a separarse. Ambos sabían que pasaría, ambos lo esperaban con el corazón en llamas. Como siempre, solo se encontraban ellos dos y los colores del cielo.

El verano pasó raudo, voló veloz, le ganó la carrera al tiempo. Terminó sin que se dieran cuenta, los cogió desprevenidos. En una semana ella debía regresar a su ciudad y él a su monótona vida de pueblo. Los dos evitaban hablar del día que se acercaba como una ola gigante, amenazando con devorarlos. No querían pensar en las palabras que se tendrían que dedicar, palabras de despedida, palabras cargadas de una tristeza infinita.

         Podríamos escapar, vivir los dos, lejos, muy lejos de aquí. –dijo Casandra.

         ¿Y tus padres? ¿Qué dirían ellos?

         ¿Crees que me importa?  Yo solo deseo estar contigo. Te quiero, no necesito nada más.

Alexander la miró. Su rostro era un mar de sentimientos. Vio un amor infinito hacia él, un amor que no conocía límites, un amor eterno. Vio el deseo de marchar de ese lugar y ser libre de decidir su futuro. Vio emoción ante el camino que le proponía, aquel camino que tanto anhelaba tomar. También vio miedo, por lo que él pudiera pensar, miedo a acabar perdiéndose, a equivocarse.  Pero por encima de todo vio una determinación que nunca había visto en ninguna otra persona. Y fue por esa determinación por la que no dudó en su respuesta.

         Vayámonos de aquí.

Y escaparon. En dos días ya estaban fuera de la ciudad. No lo hablaron con su familia, no dejaron que los pararan. Tenían pensado viajar hasta París y después de una noche de reposo continuar hasta Viena, donde se quedarían en un pequeño piso que había sido de la familia de Casandra. Pero no pudieron, la ciudad francesa los enamoró con sus calles, los sedujo con su historia, con su arte. Se instalaron en un apartamento en el barrio de Montmartre y empezaron su nueva vida.

Los años pasaron y trajeron la felicidad con ellos. Todo fue calma y tranquilidad. Alexander había conseguido su sueño, se pasaba el día pintando por las calles y vendiendo sus obras. Casandra había abierto un pequeño local donde cantaba todas los noches en directo, no tardó en ser conocida como una de las mejores artistas de todo París. Ganaban lo justo y necesario para mantenerse, no necesitaban más.

Pero la vida es una balanza, necesita un equilibrio; y hasta ese momento el peso se había decantado hacia un lado, era hora de compensarla. Llegó la muerte.

Llamó a su puerta, se presentó sin ser invitada. Y con la más gélida de sus sonrisas se la llevó. La arrancó de su vida, de cuajo, sin miramientos. A sangre fría. Se le arrancó y lo dejó a él solo en un mundo carente de sentido. Se la arrancó y no dio ninguna explicación, decidió cogerlo por sorpresa. Él le suplicó a la muerte que la devolviera, se postró ante sus pies y le rogó con toda su alma que lo llevara a él también, que prefería dejar de existir a una vida sin ella. Pero la muerte no lo escuchó, le dedicó una sonrisa de hielo y, todavía con el alma de Casandra en sus brazos, se dio la vuelta y se marchó. Y se quedó solo, vacío. Se habían llevado a la única persona que le daba razones para levantarse cada día. Se habían llevado a su vida, para siempre.

No pasó el día en que el joven no llamara a la muerte desde su casa. No pasó el día en que la buscara con todo esmero. Buscó en cada rincón que pudo, en cada pensamiento, en cada suspiro, en cada sueño…Pero todo fue en vano. Otra vez, la muerte no lo escuchó, le dio la espalda, siempre con una sonrisa de hielo en el rostro.

Sus lágrimas llegaron al tiempo, y el tiempo se apiadó de él. Le empezó a quitar los recuerdos. El primero se fue sin que él lo advirtiera. El segundo no tardó en llegar, se llevó consigo las primeras etapas de su vida. El tercero lo cogió por sorpresa y el cuarto lo sacudió de sus sueños, provocándole duda. Pero tanto él como el tiempo, el más sabio de todos, sabían que era lo mejor, que el dolor se iría, que todo se desvanecería como el polvo en un día de lluvia. El quinto se llevó gran parte de su juventud y el sexto se la llevó a ella, dejando solo su imagen en recuerdos carentes de significado.

Su dolor se apagó. No se puede decir que se fue, eso era imposible. Había sido condenado desde que la muerte había decidido arrancar de su vida a esa chica de ojos brillantes. Lo sabía. Así como también sabía que sus recuerdos se desvanecerían uno a uno hasta quedar reducidos a nada. Todos, incluso el de ella. Pasaría a formar parte del cementerio del olvido, enterrada en el pasado, obligada a permanecer encerrada en un lugar demasiado alejado para poder ser alcanzada. Decidió prepararse, y cuando el tiempo llegó con su propósito, él la despidió con una sonrisa en el rostro, la despidió en su casa, donde habían vivido durante tantos años, la despidió y vio como el tiempo le arrancaba el recuerdo y este fluía entre sus manos hasta desaparecer en el horizonte.

Y la olvidó. Se esfumó como todas sus otras etapas, como todo lo que antes había llegado a formar parte de él. Ahora solo veía la imagen de una chica rubia con ojos verdes que brillaban como dos esmeraldas. Y la veía en todos lados. En la playa, sentada en un saliente de rocas, en la casa, en las calles de la ciudad…no se iba. Pero por mucho que intentara reconocerla, por mucho que quisiera saber quien era, no podía. No recordaba nada. Era como intentar encontrar el sentido de la vida. Era como un perro pretendiendo llegarse a morder la cola. Giraba en círculos y cuando creía que lograría resolver el enigma, saber quien era, el tiempo volvía y se encargaba de llevarse el recuerdo otra vez. Volvía al principio, una imagen sin sentido.

Su vida se convirtió en un ciclo. Se despertaba por las mañanas y cuando abría los ojos, el sentimiento de vacío le recorría cada célula de su cuerpo, acompañado de la imagen de esa chica, más fuerte que una ola en medio de una tormenta. Se vestía y se dirigía a la plaza de los pintores sumido en sus cansados pensamientos. Llegaba y, después de pelear por un lugar para instalar sus instrumentos se ponía a dibujar la imagen que aún se imponía en su mente. La pintaba tan bien como podía, se esforzaba al máximo por captar aquella belleza tan pura, aquella belleza que en otro tiempo había descansado junto a él. Quería saber quien era, estaba tan cerca de averiguarlo, solo le faltaba un trazo aquí, otro allá…Y de repente, un recuerdo, como un relámpago; su nombre, su voz, su olor, la escena, su vida. Hasta era capaz de evocar las palabras que había pronunciado. Pero tan rápido como venían, se iban y todo se tornaba vacío.

Como cada día, el hombre de manos temblorosas acabó el dibujo cuando el sol empezaba a esconderse entre los edificios más altos de la ciudad. Alexander contempló su obra de arte e inclinó la cabeza pensativo, mirando la joven que acababa de dibujar. <<Es como si la hubiera conocido en otro momento.>> Las palabras sonaron en su cabeza, pero no les dio importancia. Recogió sus cosas y dejó la pintura en un rincón, como siempre, suponiendo que alguien se la quedaría. Y volvió a casa, sin saber que a la mañana siguiente se despertaría con la imagen de una mujer con ojos de esmeralda.

El primer rayo de sol le hizo abrir los ojos. Alexander caminó hasta la plaza sumido en sus pensamientos. Cuando llegó la caja cayó al suelo de piedra; pero ni siquiera esta, dura y vieja, pudo romper la madera de roble que protegía su bien más preciado, aquel que llevaba siempre con él. El hombre se agachó y con una mano temblorosa y maltrecha, no por la edad, sino por el dolor que provocaban los recuerdos vacíos, la cogió y la colocó en su sitio. Con el paso de alguien que ha vivido mucho y le queda poco por ver, el hombre se sentó en el taburete, cogió el único pincel que tenía y empezó a trazar el mismo dibujo de cada día, el único que aún vivía en su mente, el único que mantenía su corazón latiendo: la dibujó a ella.

Rhyma

 

Extinguiendo recuerdos

El primer y el último miércoles de cada mes ocurría algo extraordinario. A las dos de la madrugada, un tren con origen San Petersburgo entraba en la estación de Koltsevaya en un andén aleatorio y descendían tan solo unas pocas personas que preferían el horario nocturno fuera por el motivo que fuera. Entre ellos se encontraba él. Con el tiempo había averiguado que trabajaba en una relojería importantísima del centro de San Petersburgo, mientras su amada aguardaba con paciencia en Moscú. Las despedidas no me gustan en absoluto, por eso pasaba por alto el primer y el último sábado de cada mes cuando él se marchaba de nuevo para ir tan solo los miércoles. La chica morena con rasgos siberianos y el relojero se encontraban en la mitad del pasillo. Cuando se abrazaban era como si desataran una retahíla de recuerdos que no tenían ni principio ni final. Entonces él sacaba de la maleta negra de charol que acarreaba una bolsita de tela y se la entregaba a su chica, que resultaba ser el envoltorio de una antigualla con agujas que seguramente nadie debía querer ya. Algún día hice los cálculos y llegué a la conclusión de que ella tendría al menos tres decenas de relojes viejos. Cuando llevaba dos meses despertándome a la una de la madrugada para ir a ver a aquellos extravagantes amantes, empecé a preguntarme por qué lo hacía. Se me ocurrieron un montón de cosas, pero creo que la más acertada era que me gustaba contemplar aquella escena desde la lejanía porque me parecía un fragmento de una película. La escenografía era maravillosa: las arañas grandes y doradas del techo iluminaban con suficiencia el túnel subterráneo, que con sus grandes cuadros de pintores casi anónimos y marcos barrocos tardíos, acompañaban al transeúnte hasta la salida. Los personajes principales eran tan reales como yo misma y la historia estaba tejida con hilos de sobrecogedor apego. Más adelante vine acompañada. Llevaba mi Leica X2 colgada del cuello y como era la cámara más pequeña y por ende discreta que tenía, pude sacar tantas fotografías como quise escondida detrás de una de las columnas.

Lo que jamás se me hubiera ocurrido era que mi rutina se resquebrajase de un día para otro. Aquella noche lluviosa de abril sorprendí a la alarma de mi despertador con una sonrisa. En tan solo media hora estaba en la boca de la estación, echando aquella ficha más parecida a una moneda que a otra cosa y descendí por las escaleras mecánicas hasta las galerías. Eran todavía las dos menos cuarto cuando me escondí bajo uno de los puentes del largo pasillo y esperé con paciencia, ajustando la obertura del diafragma, la velocidad de  obturación, la saturación y el contraste. No olvidé el modo blanco y negro que hacía las fotografías más mías. Miré mi reloj justo cuando el tren encajaba en el andén. Respiré hondo. Mi corazón latía con más fuerza y velocidad. Mis pupilas se dilataron ligeramente, las vi reflejadas en la lente de la cámara. Mis latidos se fueron haciendo más rítmicos conforme pasaba el tiempo. Las puertas del tren emitieron un sonido ensordecedor que me hizo cerrar los ojos por unos instantes y cuando los volví a abrir, una manada de gente se dirigía al final del corredor. Mi mirada descansó en todos esos hombres y mujeres que daban pasos agigantados en algo parecido a una carrera por llegar a la salida. Sus cuerpos se aglomeraban con violencia, hasta que finalmente se desatascaron y la estación volvió a vaciarse por completo. Cuando volví a mirar el reloj eran las tres de la madrugada y todavía no había rastro ni de ella ni de él. La desilusión que sentí en aquel momento era equiparable a un globo que se deshincha con el barrido del segundero sobre el dial del reloj. Me dejé caer, arrastrándome por la pared hasta que mi trasero entró en contacto con el mármol frío del suelo a través de los tejanos. Noté cómo las cuencas de mis ojos se anegaban de lágrimas que quería dejar salir al exterior, lo juro, pero no se escapó ni una. Un sollozo huyó de mis labios sin permiso y traté de acallar el desengaño que susurraba mentiras de forma incesante en mi cabeza. Me cubrí el rostro con el pelo de color rojo fuego al igual que el telón de un escenario y aguardé como si me quedara por delante todo el tiempo del mundo. Mis manos se iban agarrotando con el frío, la temperatura exterior debía ser inferior a los cero grados. Sentía los músculos entumecidos por el mismo motivo y creo recordar que jugué con la idea de volver a mi hogar, pero no sé por qué acabé decidiendo que lo mejor era permanecer en aquel abúlico lugar disfrazado con una máscara de indiferencia.

Durante horas estuve encogida detrás de esa columna alabastrina, preguntándome por qué me sentía así y cómo una ilusión creada de recortes de la vida de personas ajenas tenía la fuerza suficiente para hacer que mi mundo girase en la dirección contraria.

Hesíone

 

SEGUNDA FINALISTA

MI VIDA Y YO

2 de septiembre

Me llamo Lidia López y tengo 12 años, soy de Barcelona pero desde hace unos meses vivo en Oslo (la capital de Noruega). Nos mudamos desde Barcelona debido al trabajo de mi madre.

Mi madre trabaja en la A.C. I. F. F. (Asociación Científica Internacional de la Flora y la Fauna), más conocida como F y F.

La cuestión es que la sede de la empresa de mi madre en Barcelona cerró debido a la crisis económica que afecta al país.

En el trabajo de mi madre le dieron la opción de trasladarnos a Egipto, Vancouver u Oslo. La primera opción era la que al principio a las dos más nos gustaba. Tenemos parientes allí, mi tía Meritxell y mi tío Hasan. El problema fue que mi madre no quiso que nos trasladáramos debido a la guerra que allí hay.

La segunda opción era Vancouver pero mi madre no quería tener que cruzar el océano.

Y la tercera fue la vencida: Oslo, un nombre interesante. La idea de tener que soportar el frío nórdico no me disgustaba, me gusta el frío, de hecho me gusta tener que abrigarme debido al frío. Incluso en verano no hay día que no me tape, pero eso es causa de mis miedos del pasado.

Mi madre y yo vivimos solas, entre estanterías llenas de libros y paredes llenas de cuadros.

En Barcelona vivíamos en un modesto cuarto, del barrio antiguo y sin ascensor.

Mi antiguo colegio se llamaba Pau Casals, me llevaba bien con mis compañeros y también con mis profesores, pero amigos verdaderos no es que tuviera ninguno. Sacaba buenas notas y acabé muy bien la primaria.

Nos mudamos en junio dos días después de que empezaran las vacaciones.

Así que en una semana empiezo el instituto aquí en Oslo. Creo que mi futuro instituto se llamará… Gughenheim.

En Oslo vivimos en una planta baja, el techo y las paredes son de madera y además en el techo reposan losas de pizarra.

Aquí en Oslo todas las casas tienen las vallas bajas, en cambio en Barcelona las pocas casas que veía tenían las vallas altas, como si quisieran darse más importancia.

No tengo padre, bueno ahora no. No lo conocí. Mi padre se separó de mi madre en cuando se enteró de que estaba embarazada.

En mi antiguo colegio mis compañeros a veces me preguntaban:

-¿No lo echas de menos?

Y yo les respondía:

-¿Cómo puedes echar de menos a una persona que no conoces?

5 de septiembre

Hace varios días que una figura blanca ronda por los alrededores de mi casa, mañana saldré a investigar.

7 de septiembre

Esa figura blanca era ni más ni menos que un cachorro de perro husky abandonado. Después de mucho suplicar y hacer visitas tanto a la policía como al veterinario para comprobar que no tenía chip, Copo es mío. Es un glotón y siempre quiere jugar, suerte que tenemos un gran jardín.

16 de septiembre

Hoy empecé el instituto y llevé este diario conmigo, que por cierto me regaló mi madre en el aeropuerto de Barcelona. De momento creo que tengo una verdadera amiga, se llama Sheila y a las dos nos encanta leer. Hablamos en inglés, suerte que en Barcelona iba a una academia desde los 5 y además mi profesor hace conferencia conmigo cada viernes, de 16:30 a 20:30. Me enseña todo lo que han hecho mis compañeros a lo largo de la semana. Yo hacía dos horas cada martes y jueves.

A lo que íbamos, Sheila ha leído este diario y me ha sugerido que porque no me hago escritora… no lo había pensado.

La idea me gusta.

PD: Copo sigue creciendo.

Pseudónimo: Sophie

 

 

La clave del éxito. Capítulos 11, 12, 13 y 14. Novela de Aina Catalán

¡LLEGAMOS AL FINAL, TODOS BIEN ATENTOS!!!
Capítulos 11, 12, 13 y 14
Del libro La Clave del Éxito
Autor: Aina Catalán ©
Traducido por Los Libros de Bastian. Imagen y música seleccionada por la autora, Aina Catalán
Capítulo 11
Lo intentas y lo intentas y al final ríes y lloras, lloras hasta que acabas riendo a carcajadas y mientras tanto, claro, el mundo gira…
Nos quedamos todos de piedra. Y es que, en parte, tenía razón. ¿Cómo podía ser? En aquel momento entró el médico, viejo y barrigudo, que preguntaba por mí. Personalmente, tuve miedo. Su aspecto no era muy agradable…
Noté que la Doctora Puig se quedaba pálida. Se levantó. Sus pulsaciones iban a mil por hora. Saludó al doctor:
- Hola Josep
- Hola Laura
¿De verdad aquello era Josep? ¿Cuántos años se llevaban? ¿De verdad? Se me hizo un nudo en la garganta… ¡No me extrañaba nada que aprovechara la oportunidad que tuvo! ¡Madre mía! ¡Aquel hombre era horrible!
- Buenos días chicos – intentó ser simpático -.
- Hola Doctor Josep – dijimos -.
- Vamos a ver, ¿Eres Sara Moya, no es cierto?
- Sí – respondí -.
- Ahora te pondré el termómetro… para ver si tienes fiebre – dijo -.
Me puso el termómetro y se sentó a los pies de mi cama. Todos le miramos. Ponía cara de querer decir alguna cosa, pero no se atrevía. ¿Qué escondía? ¿Quizás alguna cosa de la Doctora Puig? Al final, se decidió.
- Sara, ¿Eres la hija del Doctor Moya? – preguntó -.
No sabía qué responder. Mi padre trabajaba aquí, pero quizás no era el único…
- Del Doctor Víctor Moya – añadió para aclarar dudas -.
- Sí – dije -.
Noté que sabía cosas que yo no sabía… Era demasiado obvio que en aquellos momentos yo supusiera que el Doctor Josep escondía alguna cosa. Vi que su cara palidecía. Ya suponía por qué era. Hizo un gesto para levantarse , pero yo lo paré. Me miró. Forcé mi mirada para que viera que me lo tenía que decir. Se sentó a los pies de la cama.
- Sara, lo siento mucho… Siento la tragedia – se disculpó -.
- Está bien, pero cómo ha sabido que mi padre… ha… y mi madre… ha…
- Sara, lo sé todo – me interrumpió -.
Traté de tragar saliva. Me miró. Una gota de sudor fría resbaló por mi mejilla, de tal forma, que todos los poros de mi cara se activaron. Noté una pequeña punzada en el corazón y tuve la sensación de que mi estómago se vaciaba. Me sentí en el vacío de la vida. No esperaba aquella reacción del Doctor Josep… Todos en la sala estaban muy sorprendidos por la respuesta. Todos parecían tener la misma sensación que yo…
- Sara, escúchame: Nada es lo que parece. No pienses tanto, encontrarás la respuesta, no tengo ninguna duda.
- Pero ¿quién es? – dije yo ansiosa -.
- Es…
- ¡NO! – cortó Bruno -.
- ¡Bruno! – gritó Mireia -.
- ¡No, por favor! ¡No lo diga! ¿Recuerda lo que nos dijo? – dijo Bruno al Dr. Josep -.
- Es verdad… a veces me falla la memoria… Gracias chico… He estado a punto de perder la cabeza… literalmente – dijo Josep -.
- ¡Bruno! ¡Tú lo sabes! –  dije yo -.
En aquel momento se me dibujó una sonrisa en la cara. ¡Bruno sabía quién era el desgraciado/a! ¡Qué bien! ¡Por fin le podría pillar!
- Sí… Yo lo sé – dijo -.
- ¿Entonces? ¿A qué esperas para decírmelo? – insistí -.
- No puedo Sara – respondió -.
- ¿Cómo que no puedes?¿Qué significa eso? ¡Bruno! ¡Se trata de Roger! ¡Hazlo por él! – dije yo -.
- No podemos… Él juró que nos mataría si decíamos alguna cosa… Y le creemos capaz – dijo Josep -.
- ¿Habéis dicho él? ¿Es un chico? – pregunté yo -.
Callaron. Vi que no tenía que haber dicho aquello. El Dr. Josep se levantó y dijo:
- De todas formas, como ya se me ha escapado, me matará igualmente, así que te contaré todo lo que sé
- ¡Perfecto! Quiero decir… ¡No te matará! ¡Tampoco lo sabrá! – afirmé yo, muy segura -.
- Mira, todo es cuestión de venganza. Y la venganza ya se ha ejecutado. Ahora ya ha acabado su trabajo. ¿Entiendes?
- No mucho… – contesté yo -.
- ¡Josep! ¡Ya está bien! ¡Sabes perfectamente que desde que te tiene al corriente tiene todo el hospital controlado! ¡Para o harás que continúe adelante!
- Pero, de todas formas, ya voy a morir
- Tú quizás sí, ¡pero no todos los del hospital!- ¿Cómo que todos en el hospital? – pregunté -.
- ¡Bruno! Cállate! – dijo Josep -.
Hubo un silencio espectacular. Mireia y Júlia se miraban con los ojos como platos. Yo estaba totalmente desconcertada. Me miraron. No sabía cómo reaccionar. Josep se levantó y se fue. De repente, muy inesperadamente, Bruno se levantó:
- Sara, me dio esto… – dijo -.
“¡Hola Sara!¿Cómo va todo? ¿Mejor la muerte de tus padres? ¡Ja, ja, ja! ¡Espero que sí! Bueno, como has visto, Bruno es todo un caballero y te ha entregado la carta… Suerte que se ha portado bien, sino se hubiera quedado conmigo. En cambio, tu amiguito Roger aún sigue aquí… ¡Ah, qué pesado es! ¿Ya conoces a Josep? Es un buen tío. Él te curará. Yo te vi en el metro. Aunque no te lo creas, estaba con Bruno. Por eso él te trajo al hospital… Al final hasta me tendrás que agradecer lo que he hecho por ti.
ATT,IDV / BMT”
Me fijé bien. Lo leí un par de veces más. Al final, me di cuenta de que las iniciales estaban escritas al revés. Se lo expliqué a los demás. Bruno escuchaba sin decir nada. Cualquier aportación le podía costar la vida.
- Chicas, ¿no os parece que las iniciales están del revés? – pregunté yo -.
- Sí, ¡tienes razón! –dijo Mireia -.
- ¡Ostras! ¡Buena observación! – dijo Júlia -.
- ¿Qué creéis que significa? – dije -.
- Hombre, ha de ser algo… Siempre las escribía del revés, ¿no? – preguntó Mireia -.
- Sí… ¿Pero qué? – dijo Júlia –
- Podría ser que las iniciales no fueran suyas… Y por eso se equivocara, ¿no? – dije yo -.
- ¡Tienes razón! ¿Y sabéis qué? Posiblemente sólo las utilizaba para confundirnos – dijo Mireia -.
- Quería que pensáramos que los asesinos eran otros – dije -.
- ¡Sois geniales! – exclamó Júlia -.
De repente, se apagaron las luces. Estábamos todos muy asustados, porque no se veía nada y ya era muy tarde. Bruno abrió la ventana, pero igualmente, tampoco se veía nada. No entraba ningún tipo de luz. Vio que de las otras habitaciones tampoco salía ninguna luz.
- ¡Chicas, ha habido un apagón! No hay luz en todo el hospital – exclamó -.
- ¡Ahhhhhhh! – se escuchó desde el final del pasillo de nuestra planta -.
- ¿Qué ha pasado?¿Dónde estáis?¿Gente?¿Mireia, Sara, Bruno? – dijo Júlia -.
- ¡Estamos aquí! – gritamos
Volvió la luz. Abrimos los ojos. Todo se veía borroso. Me froté los ojos con fuerza. Cuando los volví a abrir, lo veía todo más claro. Todos se habían quedado deslumbrados.
- ¿Estáis bien? – pregunté -.
- ¡Sí! Pero, ¿qué ha sido ese grito? – dijo Bruno -.
- No lo sé – dijo Júlia -.
- Yo tampoco, no tengo ni idea de dónde venía – gritó Mireia -.
- Probablemente, venía de fuera, porque aquí dentro no ha pasado nada, ¿no? – pregunté -.
- ¡Sí, sí, tienes razón! Vamos a mirar fuera – dijo Júlia -.
Salimos disparados como balas hacia fuera. Miramos por las habitaciones y por la sala de espera, pero ni rastro ni pista de hechos extraños. No había heridos y la gente parecía no haber oído ningún grito. Quizás nos habíamos vuelto locos… De repente, volviendo hacia la habitación y decepcionados por el resultado, apareció la Dra. Puig con las manos llenas de sangre
- ¡Eh! ¡Vosotros, panda de niñatos! ¿Dónde está Sara? –dijo con un tono despectivo -.
- ¡Esoy aquí – grité -.
- ¡Necesito ayuda!¡Tenemos una hemorragia muy grave aquí! – gritó -.
- ¿Pero qué ha pasado? – pregunté -.
- ¡No hay tiempo, venid!
Llegamos donde nos indicaba, estábamos al final del pasillo. Al lado del ascensor había un cadáver, el del Dr. Josep. Estaba envuelto en sangre, su propia sangre… Sólo se veía sangre y más sangre. Era asqueroso.
- ¡Qué tragedia!¡No puedo verlo! – dijo la Dra. Puig mientras se iba -.
- ¡Pero no se vaya! ¡Por favor, no nos deje solos! –dijo Bruno -.
Yo me estaba asustando, porque las paredes llevaban escrito mi nombre. Pero no estaba escrito con pintura… El asesino había escrito mi nombre con la sangre del Doctor. En la pared ponía “SARA” y seguido, una flecha que señalaba la mano del Doctor. Había una papel manchado de sangre y casi ilegible:
“Esto es lo que pasa cuando no eres fiel a un amigo… ¿Te queda claro BRUNO? Y tú, SARA, ¿entiendes hasta dónde puede llegar la venganza? Espero que con la explicación que os dio vuestro querido Doctor os haya quedado todo más claro.ATT,IDV / BMT”
- ¡Chicos, mirad esto! – dije yo -.
- Sara, no te puedo contar más, las consecuencias pueden ser terribles, ya lo ves… ¡Está loco! – dijo -.
Fui corriendo a abrazar a Bruno. Mis piernas se paralizaron. No las sentía, pero ellas solas hicieron lo correcto. Abracé a Bruno.
Capítulo 12
Empezar es continuar un final
Nos miramos. ¿Cómo poderlo evitar? Sus ojos verdes eran absolutamente irresistibles. Se acercó a mi, pero justo en aquel momento Júlia estornudó y toda la escena se fue a tomar vientos.
- ¡Atchís!
- Em… Sigamos… – dijo Bruno
Nos separamos. Como mínimo, había cinco metros entre nosostros. En aquel momento, ¡maldecí la presencia de Júlia! ¿Por qué tenía que estornudar en ese momento?¡Me daba mucha rabia! ¡Lo tenía tan solo a unos milímetros de mis labios! ¡Sólo necesitaba dos segundos más para conseguir lo que quería!
- ¡Sara, enséñanos la carta!¿Qué pone? – dijo Mireia interesada -.
- Pone: “Esto es lo que pasa cuando no eres un amigo fiel… ¿Te queda claro BRUNO? Y tú SARA, ¿entiendes que la venganza se ha de ejecutar? Espero que con la explicación que os dio nuestro querido Doctor, os haya quedado más claro!”
- ¿Y las iniciales? ¿Están bien o van al revés como estaban antes? – dijo Júlia -.
- Creo que del revés, es lo que parece… – respondí -.
- Pero, ¿cómo puede ser?¿Se habrá equivocado?¿O es una trampa? – dijo Mireia -.
- ¡Mirad esto! Los nombres están escritos en mayúsculas… – dijo Júlia -.
- ¡Es verdad! Y ¿por qué? – pregunté yo -.
- Ni idea… pero hay muchas cosas que investigar – dijo Mireia -.
Bruno nos miró con cara de estar orgulloso. Eso significaba una cosa… Íbamos por el buen camino. ¡Perfecto!
- Ya sé qué podemos hacer. ¡Llamaremos a Miquel! – dijo Júlia -.
- ¿Y eso a qué viene? ¡Por favor Júlia! No digas más tonterías – dije yo -.
- ¡Sí, tenemos que llamarle! – insistió Mireia -.
- ¿Y ahora qué mosca os ha picado con Miquel? – pregunté -.
- Pues que, si recuerdas, él es parte del grupo y además es uno de los que más se ha implicado… – contestó Mireia -.
- ¿Y tú, cómo sabes eso? – dije -.
- Pues porque te dejaste el móvil en casa esta mañana antes de ir al colegio y yo lo he cogido
- ¿Y qué tiene que ver con que se preocupe?
- ¡Pues que tienes 31 mensajes suyos! – saltó Júlia -.
- ¿QUÉ? – exclamé –
- Sí, míralo tú misma – dijo Mireia -.
Corrí hacia el móvil como nunca lo había hecho antes. Noté que Bruno estaba como apartado del grupo… A parte de ser el único chico, yo no estaba por él. En realidad estaba más por los otros chicos. Pero Bruno y yo no teníamos ningún compromiso. No me podía decir qué hacer y qué no… ¡No tenía ningún derecho! ¡Yo soy libre y además tampoco soy propiedad de nadie!
Cogí el teléfono para ver si era cierto lo que las chicas me decían. Y, efectivamente, tenía 19 perdidas suyas y 31 mensajes. La mayoría era mensajes de voz que me había dejado. Me disculpé y fui al lavabo a escucharlos:
“Tiene un mensaje de hoy a las 6:40h: Sara soy Miquel ¡Llámame cuando puedas! Tengo que contarte algo sobre el caso… Por favor, gracias.
Tiene un mensaje de hoy a las 8:30h: Sara, vuelvo a ser yo. Mira que es que entramos en el colegio y no sé si te lo podré decir desde dentro…
Tiene un mensaje de hoy a las 13:30h: ¡Sara! ¡No corras tanto! Tienes a Anna Tàpies justo detrás de ti! ¡Y va después de mí! ¡Estoy a punto de atraparte princesa!”
Tragué saliva. Se me había subido el estómago a la boca. ¿Princesa? Tenía la piel de gallina… ¿Qué me querría decir?
“Tiene un mensaje de hoy a las 17:12h: Hola soy Miquel… Sara, no te lo he podido decir… ¡Me sabe mal! Espero que descubras alguna cosa en el hospital, que un pajarito me ha contado que vas a investigar más. Sé que no viene mucho a cuento pero por si te sirve de algo: ¡Suerte!
Tiene un mensaje de hoy a las 19:45h: ¡Sara!¡Por favor, no te mueras! Me gustaría ir al hospital, pero no me dejan. Mis padres me han reñido, porque he gastado todo el saldo del teléfono. ¡Por favor, no te mueras ahora!¡Todo se solucionará!”
Estuve escuchando muchos mensajes suyos. Todos decían prácticamente lo mismo, que estaba muy preocupado. Que todo iria bien. Que yo era la mejor y, al final de cada mensaje, que me quería. Me faltaba un último mensaje por escuchar:
“Tiene un mensaje de hace una hora: ¡Sara, voy al hospital! Jajaja, ¡He escapado! Otro pajarito me ha dicho que mañana te dan el alta… ¡Qué bien! ¡Recupérate que ahora nos vemos!¡Te quiero! Un beso”
¿Qué dice?¿Que ahora viene?¡Pero si tiene como una hora y cuarto de camino!¿Pero cómo que viene?¿Está loco o qué? No… ¡Estaba loco de amor! Yo le gusto… Seguro… ¿Y él a mi?¿Me gusta? Sentía alguna cosa. ¿Y Bruno? ¡Ay por favor! No quería perder a Bruno, pero me sentía tan atraída por Miquel… Un momento… Recordé la tarde en la biblioteca. La Clave del Éxito era un libro de amor adolescente… Él era mi Clave del éxito… Y no Bruno… pero ¿qué haría ahora? Aún tenía tiempo de pensarlo… ¿Tiempo? Si era lo único que me faltaba.
Apagué el móvil y justo en aquél momento me llegó un mensaje: “Sara, sal del lavabo”
¿Del lavabo?¿Qué sabía él? Me estaba asustando. El corazón me iba a mil por hora. No podía ser. ¿Seguro que estaba ahí fuera?Salí, pero no vi a nadie. En aquel instante, en aquella milésima de segundo, unas manos me cogieron por la cintura. Me acercaron a su propietario y noté su cara detrás de mi oreja:
- Hola princesa
Se me puso la piel de gallina. Mi corazón iba a mil por hora. Noté aquella sensación como si todos los poros de mi piel se abrieran. Pensé que en aquel momento empezaría a sudar de nervios como una desesperada. Pero ahora tenía un reto mucho mayor… ¿Me atrevía a girarme?
Al final, me giré. Y pude ver su cara. Su mirada y su boca. Le miré. Muy insegura de lo que hacía y con miedo a que viera que a su lado, las pulsaciones de mi corazón se aceleraban. Le abracé y me costó bastante hacerlo… Me temblaba todo. Abrí la boca para decir: Hola Miquel. Pero cuando lo intenté hacer, puso su mano sobre mis labios. Miré su brazo y su mano (o lo que podía ver) y me dijo: ¡Shhht! No digas nada. No hacen falta las palabras.
Y lentamente sacó su mano de mi boca y cerró los ojos. Acercó su rostro de tal forma que se giró un poco. Cada vez se acercaba más. Iba a besarme. Pero, ¿cómo? Era mi primer beso… Hice lo mismo que él y cerré los ojos. Pero no giré la cara porque justo en ese momento, nuestros labios encajaron perfectamente… Como piezas de un puzzle. Sus labios eran tan suaves y tan irresistibles… Rozaron los míos y el corazón, que ya me iba rapidísimo, aún lo fue mucho más. Noté cómo me acercaba más hacia sí mismo, de tal forma que nuestros cuerpos también estaban en contacto.Y justo en uno de los momentos de máximo placer, oí:
- ¡SARA! ¿QUÉ HACES?
Era la voz de Júlia. ¿La pregunta era qué hacía allí en aquél momento? ¡No podía ser! Mi primer beso se acabaría de un momento a otro así, sin más. Nos separamos tan rápido como pudimos, pero ya era demasiado tarde. Júlia nos había encontrado enganchados el uno al otro. Pero, ¿y si se lo decía a Bruno? ¡No quería perderlo a él tampoco!
- Júlia, por favor… No hagas ninguna tontería
- Pero, ¿cómo puedes decir eso? ¡Si eres tú la que hace locuras! ¡Mírate! Tienes a Bruno, el amor de tu vida y ahora viene Miquel y lo pierdes.
- Júlia ven. Tenemos que hablar . Miquel, perdóname… – dije – Te quiero a ti, no a Bruno – le susurré al oído -.
Vi cómo se le dibujó una sonrisa en la cara. Era la verdad. Me sabía mal por Bruno, pero a quien de verdad quería era a Miquel… Y no lo podía evitar. Vi cómo Miquel se iba de allá con un sueño menos que conseguir en la vida. Y yo también. Llegamos a una sala Júlia y yo, solas.
- Júlia, mira… No sé cómo decírtelo, pero desde que Miquel y yo nos unimos para investigar el caso, no paro de sentir cosas por él. Era inevitable. Lo siento.
- Haz lo que quieras, pero si Bruno se entera, tú serás la que le haya roto el corazón – dijo con cara de que ella misma se encargaría de que Bruno se enterara de todo-.
- De acuerdo… – hice una pausa y como sabía que la conversación no llevaría a nada, acabé diciendo
– Volvamos a la habitación -.
- Sí, mejor
Fuimos a la habitación y, al entrar, se me paralizó el corazón… Y Júlia, que estaba a mi lado, aún  más. Vimos cómo se estaban besando delante nuestro Bruno y Mireia.
- Perdonad – dije -.
- ¡Sara!… No es lo que parece…
Iba a caerme una lágrima cuando Júlia dijo:
- ¡No hay problema! Ahora ya estáis en paz, ¿Verdad Sara? Va, explícale qué has hecho…
- Bruno, he estado con Miquel
- ¡Ah! Bueno, como ves, yo con Mireia…
- ¡Sara, no te enfades conmigo! No te lo quería decir, pero es que hacía tiempo que sentía esta atracción por él y…  – dijo Mireia con cierto estrés -.
- No es necesario que te excuses Mireia. ¡Todos en paz y ya está!
- Creo que ya es tarde – nos cortó Júlia – Mejor que nos vayamos. Buenas noches Sara.
- Buenas noches – dijo Mireia, medio llorando.
- Duerme bien Sara – dijo Bruno muy vergonzoso y descontento por sus actos.

Capítulo 13
No puedes pasar al siguiente capítulo de tu vida si no dejas de leer el anterior
Salieron de la habitación, dando paso al amenazador silencio. Estaba sola, literalmente. No podía dormir y ya hacía rato que lo intentaba. En aquel momento sólo podía hacer dos cosas: cerrar los ojos, intentar que llegara el sueño y se me llevara o levantarme y hacer alguna cosa. Definitivamente, tras intentos fallidos de coger el sueño, me decidí por la segunda opción. No tenía nada mejor que hacer. Estaba en un hospital sola. Seguro que había cosas por hacer. Recordé al Dr. Josep… En aquel momento debía estar en el tanatorio maquillado y preparado para su exhibición… ¡Pobre hombre! Tan solo me quería ayudar… ¿Cómo podía ser tan desgraciado?¡No se cansa!
Me levanté de la cama y tuve aquel típico mareo tan extraño que parece que todo el mundo se caiga… “¡Qué mareo!”, pensé.
Salí de la habitación y me dirigí hacia el final del pasillo. ¡No podía ser! ¡Lo habían limpiado todo! ¿Cómo no lo había pensado antes? ¿Y el cuerpo? Después de mucho buscar, decidí que era mejor ir a dormir. Ya era muy tarde.
Fui vagando por el corredor. Estaba muy cansada. Mi cabeza ya parecía más un ordenador que no un cerebro. No hacía más que pensar y pensar. Básicamente pensaba:
- ¿Bruno o Miquel?
- ¿Dónde está Roger?
- Sospechosos
- ¿Qué debo hacer mañana cuando me den el alta?
Me centré en el mañana, porque los otros temas ya los había tratado suficiente. Mañana, mañana… ¿Debía ir al almacén o mejor esperar? Supongo que ir al almacén era una muy buena opción, ya que tampoco me encontraba tan mal. Pero antes debía investigar más sobre la muerte de mis padres. Había gente con mucha información. Abrí la puerta de la habitación y… ¡SORPRESA! Tenía ante mis ojos a la Dra. Puig. ¿Qué hacía allí?
- Hola Sara
- Hola, ¿qué hace usted aquí?
- Yo esperaba encontrarte en la cama…
- Sí, sí, ahora iba… Vuelvo del lavabo – me excusé -.
- ¿Tienes un minuto? Tengo que explicarte una cosa.
- Sí, claro. No tengo nada mejor que hacer – reí tímidamente -.
- Mira, Sara… Te lo creas o no, yo también sé cosas sobre el asesino y ahora que ha muerto Josep, yo ya no soy nada. Sin él no soy nadie. Te contaré todo lo que me dijeron. Todo.
- Pues empecemos por lo más importante. ¿Quién es?
- No lo sé, de verdad. Josep me dijo que si daba algún dato importante, como el nombre, él sería torturado y sufriría más.
- Ah, ¿así que también tortura? – dije yo muy angustiada-.
- Sí… Me lo explicó antes de que lo asesinara. Por lo visto él ya sabía que moriría y quería dejar un testimonio para explicártelo a ti.
- ¡Pues corra y no pierda el tiempo! Que nos hace mucha falta! – dije recordando la segunda nota -.
- Mira Sara, todo esto puede ser por venganza o por celos. Pero en este caso es venganza.- Cuénteme quién es
- Tu padre era un famoso médico. Lo sabes, ¿verdad?
- Si usted lo dice… – contesté -.
- Hace algún tiempo, tuvo una paciente embarazada de un bebé enfermo de estómago. Tu padre tenía que salvarlos.
- ¿Qué enfermedad tenía?
- Una mutación muy poco corriente, supuestamente única. Nunca antes se había visto nada igual.
- ¡Ostras! Entonces sería muy complicado, ¿no? – pregunté -.
- Sí, bastante complicado. Tenía un 99% de posibilidades de morir, la madre y el hijo.
- ¿Los salvó?
- ¡Sí! En teoría estaban bien la madre y el hijo, pero tu madre, también una gran médico, detectó una célula cancerígena a la madre.
- Entonces, no tenía nada que ver con la mutación
- Teóricamente, no; pero podía ser una derivación del medicamento relacionado con la mutación
- ¿Y se salvó?
- Sí, tus padres trabajaron juntos para conseguir salvar la vida de aquella mujer
- ¿Entonces?
- Ella está sin trabajo. Antes tenía un gran almacén, pero desde la muerte de su marido, por la depresión de cuando le detectaron a ella la mutación, la empresa se fue y ahora está abandonado. Tiene un hijo de tu edad.
La sala quedó en silencio.
- Mira, Sara, debes estar atenta: No es quien tú crees. La vida es una trampa. Todos estamos en ella; por tanto, todos estamos atrapados.
- No te entiendo
- Él es el culpable – se levantó y se marchó – Pasa una buena noche, Sara.
Cerró la luz y la puerta. Todo se volvió negro. Me sonaba la historia que me había explicado, me resultaba familiar; pero no podía ser quien yo creía que era… El asesino era un hombre y me ha dicho que el hombre se había muerto, pero… ¡Claro! ¡El hijo! ¡Oh, no! El hijo no. Si era quien yo creía… ¡No podía ser! Cerré los ojos con fuerza y, finalmente, tras muchos esfuerzos, me quedé dormida.
“Sara, entra, entra. Como si estuvieras en tu casa. ¿Sara? No te vayas, ¡no me abandones! La venganza no era para ti, ¡fueron tus padres, no tú! ¡No te enfades, Sara, por favor! ¡Tú, para! No te me acerques, Sara. Tengo un cuchillo en la mano… ¡PARA! ¡AHHHHHH!”
La luz del sol iluminó mi cara. Abrí los ojos y delante de mí tenía a mi príncipe azul, era Miquel.
- Levántate dormilona, que hoy tenemos trabajo. Debemos ir a un almacén
- ¿Y tú cómo lo sabes? – sonreí -.
- Yo lo sé todo amiga mía. La Dra. Puig también me lo explicó por si acaso a ella le pasaba alguna cosa, como al Dr. Josep. Tú ya sabes que haría cualquier cosa por ayudarte, Sara
No supe cómo responder con palabras la preciosidad de frase que me había dicho. Era tan perfecto… ¡Tanto! Le respondí con una expresión. Pero, como ya sabéis, yo tengo un problema con las respuestas faciales… y es que me pongo muy, pero que muy nerviosa.
Me dieron el alta justo aquella mañana y cuando salimos del hospital fuimos directos a ver a la pandilla. Por supuesto, Miquel ya se había encargado de todo y les había puesto al día de novedades. No me gustaba nada la idea, porque, supuestamente, había un aliado entre ellos. Pero no le daría tiempo a decir nada, era todo demasiado largo. Nos dirigimos hacia el almacén. Estuve pensando. El almacén era el mismo que el de la historia que me contó la Dra Puig. ¿Y si era…? ¡No, era imposible! Quería hablar con Bruno, que lo sabía todo; pero después del incidente era muy difícil encontrar un momento para hablar a solas. El almacén se situaba en las afueras de la ciudad. No costó mucho tiempo llegar hasta allí, porque el hospital también estaba en las afueras. Por tanto, llegamos en diez ó quince minutos. El almacén daba muy mala impresión. Ventanas rotas, hierro oxidado, puertas forzadas, maderas por todos lados, cristales desperdigados y cortinas rasgadas.Nada más llegar, nos encontramos con el primer problema, era imposible abrir la puerta. ¿Y ahora? ¿Cómo seguir adelante? ¿Debíamos abandonar, tal cual? ¡No, ni en broma!
- Emm, chicos… Esto no se abre – exclamé -.
- Déjamelo a mi – dijo Júlia muy confiada en sus pésimas posibilidades -.
Y como todos sospechábamos, ella no fue capaz de abrirla.
- No puedo, porque seguramente estaba cerrada con llave – dijo Júlia vacilando -.
- ¡Claro, hay alguien dentro! – exclamó Ágata -.
Miramos a Ágata con cara de extrañados, pero tenía razón… El asesino estaba dentro. Por tanto, la historia era cierta. Pero podía ser cualquiera… ¿No? Rodeamos el edificio y encontramos una puerta que comunicaba con el interior del almacén.
¿Mi primera impresión? Demasiado oscuro para vivir. Entonces aquí no vivía nadie. Quizás lo habían cerrado en la fábrica, no lo sabía.
- ¡Eh, chicos! ¿Y si nos separamos para buscar pistas? – dijo Miquel buscando mi mirada -.
- Sí, pero será peligroso – dijo Marina con cierto miedo -.
- Tranquila, yo te acompañaré – dijo Arnau -.
- Entonces hagamos parejas: Arnau y Marina, Mireia y Júlia, Miquel y yo… ¿Y tú, Bruno? – pregunté -.
- Yo iré con Mireia y Júlia – afirmó -.
- De acuerdo, pues de aquí a media hora nos volvemos a encontrar aquí.
Miquel y yo nos adentramos en las profundidades del almacén, esperando encontrar al diablo en persona, el asesino. Todos estábamos muertos de miedo, pero seguimos adelante.

Capítulo 14

La Clave del Éxito
Un pasadizo oscuro y tenebroso hacía que las miradas de Miquel y mías fueran totalmente inútiles. No veíamos nada y estábamos totalmente indefensos ante cualquier peligro que se nos presentara. De repente, empezamos a notar que, a cada paso que dábamos, las paredes se iban haciendo más pequeñas. Cada vez más y más. Al final, estábamos Miquel y yo enganchados el uno al lado del otro, a oscuras y encima sin movilidad alguna.
- Miquel, o yo soy claustrofóbica o estas paredes están cada vez más juntas
- No eres claustrofóbica, es cierto que el pasillo es cada vez más estrecho
- ¡Mira! Allá, ¡una luz! – dije yo señalando una vela que se veía brillar -.
- ¡Ostras! Tienes razón, pero ¿cómo llegaremos? Está muy lejos y no creo que quepamos – dijo -.
- Yo lo intento – dije segura de lo que hacía
- De acuerdo, pero ves con cuidado. No querría que te lastimaras – dijo cuando yo ya estaba a unos metros de distancia -.
Miré hacia la luz. Cada vez estaba más cerca, pero no estaba segura si conseguiría cogerla. Me faltaban sólo unos metros para llegar cuando, de repente, una de las velas que formaba el candelabro cayó al suelo encendiendo el pasillo, iluminado por antorchas.
- ¡Eh, Miquel! He encontrado un pasadizo
- Creo que no deberíamos estar aquí. Mira las paredes y todo, no son como el almacén. El suelo no es de mármol, sino arena.
- Tienes razón
- Sara, quiero que sepas que, pase lo que pase, sea lo que sea que haya al final de este maldito túnel y sea quien sea el loco que te está haciendo pasar por todo esto, yo SIEMPRE te querré.
No tenía palabras para describir lo que sentía en ese momento. Al margen de toda la presión porque a mi grupo no le sucediera nada, tenía el peso de la responsabilidad de encontrar a Roger que, por supuesto, debía encontrarse allí. Seguimos caminando y el pasadizo era eterno, pero me daba igual en aquel momento. Me importaba mucho tener a mi lado a Miquel. Pensé dos ó tres veces en contarle mis sospechas, ya que él también fue testimonio de la declaración de la Dra. Puig. Finalmente, le dije:
- Miquel, sobre el tema de la Dra. Puig…
- Sí, eso te iba yo a decir ahora. Este es el almacén
- Sí – afirmé – es el almacén de la madre de Roger.
- Venganza. Me gusta esta palabra, sobretodo porque siempre va ligada a personas a quien no debería estar ligado.
- No te entiendo…
- Sara, yo sé quién es él. Y no me ha sido muy difícil averiguarlo. La respuesta la tienes delante de tus narices. Cuando menos te lo esperes, lo sabrás.
- Miquel, ¿quién es?
- Piensa Sara, piensa. Y sobre la madre de Roger, ¿cómo es que abandonó el almacén?
- Su madre, era una gran amiga suya, me explicó que desde la muerte de su marido, como que había ganado mucho dinero con la empresa, decidió cerrar y sacar adelante la familia.
- Oh… ¿y de qué murió su marido?
- Pues, de una depresión, porque su hijo, el más pequeño que aún estaba en el vientre de la Sra. Forencs, murió.
- ¿Ah sí? ¿Es que los médicos no lo pudieron salvar?
- No, no sé quiénes eran los médicos
- ¿A no? La Dra. Puig diría que te lo ha dejado muy claro
- ¡Oh no! Miquel, por favor, él no…
- Sí, Sara, es la cruda realidad. Él es el asesino. Todo fue una venganza. Tus padres hicieron lo posible por salvar el niño de la Sra. Forencs, pero no pudieron hacer nada. Entonces, intentaron salvar al padre, pero tu padre se equivocó y le dio la medicina en unas cantidades mínimas.
- Entonces él, como venganza, mató a mis padres… pero hay una cosa que no tengo clara…
- ¿Te refieres a su edad?
- Sí, ¡claro!
- Fíjate, María es la hija del policía. ¿Recuerdas?
- Sí
- Y María ha sido siempre una niña muy querida por sus padres… ya sabes lo que quiero decir
- Sí, sí ¿pero dónde quieres llegar con eso?
- Pues que su padre sería capaz de cometer un crimen por su hija
- Pero ella… no sacaría ningún beneficio del acto, ¿no?
- Piensa… María, ¿de quién estaba enamorada?
- ¡Oh! Es verdad, de él!
- ¡Exacto!
- Pero, cómo se enteraba él de todas las cosas que me pasaban, tenía un aliado, ¿no?
- No sólo uno. A parte de María tenía a Bruno. Él se auto-raptó para hacer creer que había desaparecido y le explicó los planes que habíamos hecho en la biblioteca. Él le juró fidelidad. Igual que amenazó, a través de la Dra. Puig, al Dr. Josep. ¡Ella fue quien mató al Dr. Josep!
- ¡Tienes razón Miquel! ¡Ostras! ¿Has oído eso?
- Grrrgrgrgrgrgrg! – fue el ruido que oímos de fondo -.
- ¿Qué es eso?
- ¡Mira, allí al final, hay alguien!
- ¿Quién es?
- ¿Es quien yo creo? ¡Es Roger!- ¡AHHHHHHHHHHHHH! Roger!
- ¿Sara, eres tú? – dijo con un hilo de voz
- ¡Sí, soy yo Roger, voy hacia ti!
Corrí como nunca lo había hecho por nadie. Le abracé con todas mis fuerzas. Después llegó Miquel y nos abrazó a los dos. Hicimos un abrazo colectivo y nos miramos.
- Roger, cariño, ¿qué te ha hecho ese desgraciado? – pregunté
- ¡Mírame Sara! Llevo más de un mes aquí. Enterrado en las profundidades de este túnel. Y gracias a vosotros volveré a ver la luz del día y podré volver con mi familia
- Roger, ahora te llevaremos con los chicos, que me han ayudado a investigar el caso y te llevaremos a casa. Después ya me explicarás cosas sobre el asesino.
Caminamos por el eterno túnel y no perdí el tiempo, envié un mensaje a mi tía Bárbara, para que viniera rápido, ya que el asesino estaba entre nosotros. Llegamos a la entrada donde habíamos quedado. Todos estaban esperando desde hacía rato. Pero cuando vieron que volvíamos con Roger, se alegraron mucho y supieron que la larga espera había valido la pena.
- ¡Roger! – gritó Arnau
- ¡Arnau! ¡Madre mía, cuánto tiempo! – dijo Roger
- ¡Ostras Roger! ¡Cómo te he echado de menos! – dijo Marina
- ¡Roger! ¿Cómo puedes estar vivo? ¿Eres tú, de verdad? – dijo Mireia
- Mireia, tienes los labios raros… – dijo
- Es que… Bruno y yo… emmm… ya sabes… – dijo tímidamente Mireia
- ¡Bruno, te felicito! ¡Mireia es un gran partido! – dijo Roger -.
- ¡Roger, amigo! – gritó Bruno sobreactuando -.
- ¡Júlia! – dijo Roger para terminar el saludo a todo el grupo -.
- ¡Roger! Te he echado mucho de menos – dijo -.
- Chicos, Roger, tenemos una muy buena noticia – dijo Bruno -.
- Ya sabemos quién es el asesino – afirmé yo -.
- Sí, no hay duda que el asesino es…- ¿Quién, quién? – preguntaba Roger -.
- ¡TÚ! – dije dirigiéndome a Roger -.
- ¿Yo? Sara, ¿estás loca? – contestó Roger -.
- No, sólo digo la verdad.
- Sí, Roger. ¿Pero por qué me has echo esto? No me lo esperaba de ti… No pensaba que fueras tan rencoroso. Creí que eras mi amigo, alquien en quien podía confiar plenamente… Pero veo que tendré que buscar debajo de las piedras para encontrar a quien yo busco como mejor amigo. Roger, siento mucho la muerte de tu padre y de tu hermano. Pero mis padres no pudieron hacer nada. La mutación de tu hermano era imposible de curar. Mi padre hizo todo lo posible para que no muriera. En cambio tú, lo provocaste…
- Demasiado cierto Sara – dijo Roger – Siento haberte hecho esto, pero ya no aguantaba más. Tú no sabes qué es ver a tu madre sufrir cada día más por la muerte de un ser querido, que trágicamente también era mi padre. Y mi hermano, aunque no lo conociera, hubiera sido la mejor persona del mundo y tus padres no fueron capaces de hacer nada. Ni siquiera se disculparon… Y mi madre lo tuvo que dejar todo.
- Roger, no lo pagues con los otros. ¡Yo no te he hecho nada!
- ¡Pero tus padres a mí sí!
- ¿Y qué me dices del Dr. Josep?
- La traición es inadmisible- Pero esto no se acaba aquí, ¿No Bruno? – dijo Miquel -.
- ¿Yo? – dijo Bruno -.
- ¡Sí, tú! Tú fuiste el aliado de Roger. El mismo día que Roger desapareció tú te dedicaste a explicar a María, Inga, Berta y a todas las chicas, hasta el director y la secretaria que Sara, Júlia y Mireia habían ido a buscar a Roger. Y tú haciendo ver que Sara lo era todo. ¡Eres un hipócrita!
- ¡No lo soy! ¡Sara me gustaba! ¡Pero amor y trabajo son diferentes tareas!
Desconecté por un instante, porque mi tía Bárbara me había contestado el mensaje: “Estamos fuera del almacén. Cuando digas, entramos”
¡Perfecto! Volví a mirar el espectáculo que habíamos organizado.
- Entonces, ¿tenéis alguna cosa más que decirnos, chicos? O más bien dicho, asesinos, crueles, desgraciados.
Envié un mensaje a mi tía: “AHORA!”
- ¡No me podéis atrapar! – gritó Roger
- ¿Qué dices? – apareció mi tía
- ¿Cómo? ¡No es posible! ¿Y el padre de María?
- Pues ya está en la cárcel
Los esposaron a los dos y se los llevaron lejos de la ciudad. Posiblemente a un manicomio o algo por el estilo.
Los días iban pasando y todo se había solucionado. Presenté mi trabajo de francés sobre el caso. ¡Me pusieron un 10! ¡Supongo que le hice bastante la pelota aquel día a la profesora de francés!
En estos momento, todo me va bien. Sigo con Miquel a mi lado. Estamos pensando abrir una agencia de detectives cuando seamos mayores. Un negocio privado, para casos extremos, y poder contratar a toda la pandilla. ¡Cómo nos gusta soñar! Nunca más he vuelto a ver a Roger, ni a Bruno. No sé qué ha sido de ellos. Le podría preguntar a mi tía, pero… ¿Para qué quiero saber nada sobre la gente que hizo que mi vida empeorara? En realidad, gracias a ellos, conocí a muchísima gente. Les agradezco todo lo que hicieron por mí…
Al fin y al cabo, ¡todas las pérdidas son positivas!
FIN

Pues esto es todo. Espero que hayáis disfrutado como yo de la aventura de Sara. Que hayáis aprendido sobre la vida, que siempre todas las pérdidas tienen una parte muy positiva.
Autor, AINA CATALÁN©
Traducción libre de Los Libros de Bastian y publicación con el consentimiento expreso del autor. Queda totalmente prohibida la reproducción de este texto sin la autorización expresa del autor Aina Catalán ni los que firman esta publicación, la Dirección de Los Libros de Bastian (www.loslibrosdebastian.com)
GRACIAS SARA,
GRACIAS AINA. Tus letras nos dan vida…
Always look at the bright side of life! (Enlace Spotify, Always look at the bright side of life, Studio Group, Almost at the movies vol.8)
 

La clave del éxito. Capítulos 9 y 10. Novela de Aina Catalán

¿Estáis preparados? Os presentamos los capítulos 9 y 10. ¿Qué es lo que va a ocurrir?
Capítulos 9 y 10
Del libro La Clave del Éxito
Autor: Aina Catalán ©
Traducido por Los Libros de Bastian. Imagen y música seleccionada por la autora, Aina Catalán
Capítulo 9
Pero lo que no sabemos es que los límites de la felicidad los ponemos nosotros mismos.
Salí corriendo sin saber qué acababa de hacer exactamente. No sabía por qué lo había hecho… ¿Sería cierto? ¿Y si sentía alguna cosa más por Miquel? ¡Eso no era posible! Las lágrimas hacían que todo se volviera borroso. No veía qué ocurría a mi alrededor. En realidad, nunca sabía lo que pasaba a mi alrededor. Siempre había mentiras por en medio. Crucé el patio. Por una extraña razón, reconocí a Júlia y a Mireia, que estaba a mi lado. Se levantaron y me siguieron.
- ¡Sara! ¿Qué te pasa? – gritaron
Salí por la puerta de la escuela. No quería llamar la atención, pero supongo que si Mireia o Júlia estuvieran llorando, como lo estaba haciendo yo en aquel momento, y conociendo la situación, hubiera hecho lo mismo. Precisamente, cuando las cosas no podían ir peor, vi la profesora de francés fumando fuera. Parecía disgustada. ¡No me extrañaba en absoluto! ¡Se había pasado un montón conmigo! Pero tenía que entender que nadie sabía nada de la muerte de mis padres. Quizás, aunque se hubiera pasado, debería perdonarla. Pero no lo iba a hacer en ese momento. De todas formas, tampoco me sentiría mejor por ello. Me giré y fui hacia mi casa. Hacía mucho que no entraba. Decidí enterrar a mis padres, pero no sabía cómo hacerlo. Primero, debía hablar con alguien que trabajara en un hospital y preguntar… Pero tenía miedo que me internaran en un centro o en un orfanato. A pesar de cargar con esa angustia, quería que mis padres descansaran como debe ser. Noté que una mano me rozaba la espalda. Me giré sabiendo que sería Júlia o Mireia:
- Escuchad chicas, no quiero que – me giré – me sigáis, porque – callé -.
No eran ni Júlia ni Mireia… Era Miquel. Ellas no habían salido del colegio. En cambio él, seguido por Anna Tàpies, la secretaria, me siguió hasta donde me encontraba.
- Escucha Sara… siento el espectáculo de antes – dijo -.
- No pasa nada – dije con una tímida sonrisa -.
- Chicos, ya podéis volver a la escuela. No tenéis permiso para salir del centro – dijo Anna Tàpies -.
Caminamos una, dos o tres calles, porque no me dio tiempo de escapar más lejos. Lo que había hecho estaba mal, pero el impulso del momento no me llevaba a otra solución. Llegamos a las puertas del centro. La profesora de francés aún estaba allá, pero ya no tenía el cigarrillo. Ahora tomaba café. Me separé de la secretaria. Me cogió por el brazo:
- ¿Dónde vas chiquilla? – dijo -.
- Tengo que hablar con Roser – respondí -.
- No tienes ningún derecho ahora, nadie te salvará de la sanción por haber salido del centro – dijo con tono de superioridad -.
- Ahora mismo, todo me da igual – dije yo -.
- ¿Cómo puedes ser tan maleducada? – gritó -.
- No lo es. Y Anna, por favor, tengo que hablar con ella – apareció Roser -.
En aquel momento, agradecí que las dos estuviéramos bien. Vi cómo le brillaban los ojos. Parecía arrepentida de su reacción. La entendía perfectamente.
- Lo siento Sara. No sabía nada de tu situación familiar – tomó aire –, perdóname. Es que pensaba que te ocurría algo con las amigas porque parecías muy distante… Además sin Roger a tu lado – dijo -.
- Ya lo sé. ¿Puedo confiar en ti?- ¡Sí, claro! – contestó -.
- Mira, alguien quiere hacerme la vida imposible… No sé quién es. Sólo sé que alguien le mantiene informado de mis acciones. Es decir, alguien cercano a mí.
- Esto parece complicado, Sara – dijo ella -.
- Ese desgraciado o desgraciada ha raptado a Roger y Bruno y encima ha matado a mis padres – dije yo -.
Me abrazó. Lo hizo muy fuerte. Tanto, que casi me quedo sin respiración. Me costó recuperarla, pero pensé que el abrazo merecía la pena.
- Mira, ahora en Francés estamos con esto de las investigaciones, ¿verdad? – preguntó -.
- Claro, pero ¿seguro que quieres que investigue este caso? Es que es muy personal – dije yo -.
- Mejor, porque los sentimientos serán aún más intensos – dijo -.
Vi que estaba interesada en saber cómo acabaría todo. Y era normal. Yo también tenía ganas de que el asesino acabara mal. Pero el problema era que el final dependía de mi, yo sería la responsable. No tenía muy claro si lo conseguiría. Aún asi, debía intentarlo. No sabía cómo acabaría todo si no lo hacía. Básicamente, todo dependía de mi astucia y miedo hacia el problema. Debía intentarlo… ¿qué era sino una vida sin riesgo?
Entramos por la puerta. Noté cómo Anna Tàpies nos lanzaba una mirada asesina, pero no le di importancia porque en aquel momento la conversación con Roser me subió el ánimo de vivir y seguir adelante. Noté que las palabras son mejor que cualquier medicina. Sobre todo las suyas. De algún modo, me ayudó a lenvantar muchísimo la autoestima. Volví al patio. Hacía mucho sol. No había una sola nube en el cielo. Todo parecía perfecto. Todos estaban en el patio, escuchando música, haciendo deberes de última hora, hablando, jugando… pero un olor extrayo hizo que se perdiera la perfección. Era la hora de comer. No tenía muchas ganas de comer en la escuela, pero después de todo, tenía que cobrar fuerzas porque después debía ir al almacén y más tarde al hospital (por lo de mis padres). No sabía si sería buena idea ir primero al almacén… Me daba mucha pereza, porque las tres sabíamos que no íbamos a encontrar nada. Pensé que podríamos aplazarlo por unos días… El tema de mis padres era mucho más importante que un estúpido almacén. Sobretodo, ¡porque tampoco encontraríamos nada! Así que lo hablé con Mireia y Júlia:
- Chicas, ¿os parece bien si aplazamos el tema del almacén por uno o dos días? – dije -.
- Sí, sí, pero ¿por qué? – preguntó Júlia -.
- Pues porque hoy tengo que ir al hospital donde trabajaba mi padre. He pensado entregar sus cuerpos. Creo que ya es hora de hacerlo – dije yo -.
- En parte tienes razón… Supongo que en el almacén tampoco habrá nada de especial… Sólo es para engañar, así que te acompañaremos al hospital – dijo Mireia convencida -.
- ¡Perfecto! – dije yo -.
- Pero ¿hemos de avisar al equipo o no? – preguntó Júlia -.
- ¡Cierto, cierto! – dijo Mireia -.
Fuimos a buscar a todo el equipo. Les explicamos que hoy no podíamos quedar porque los padres de Mireia no les dejaban salir y a Júlia le habían prohibido salir aquella tarde precisamente. Los otros, al ver que nosotras nos escaqueábamos, también fueron poniendo excusas para no tener que ir solos.
Así que aquella tarde iría al hospital a denunciar la muerte de mis padres. Es que aún no me lo podía creer. No podían estar muertos. Dentro de mí, tenía la sensación, por suerte, de que seguían a mi lado. Eso, según mucha gente, estaba bien… Pero a mí no me gustaba nada tener aquel sentimiento, porque los echaba mucho de menos. Es que aún no me había estampado. No era consciente de que ya no estaban. Necesitaba que alguien me lo dijera. Necesitaba alguien sincero. No una persona que me dijera que tenía que seguir adelante, que la vida continúa. ¡No! Porque, entonces, aún no me enteraría de que ya no estaban conmigo. Además, cuando la gente te dice que sigas adelante, aún te deprime más. Es una indirecta muy directa. En realidad aún te sienta peor, porque es entonces cuando te das cuenta de que necesitas olvidar. A veces, antes que olvidar, es necesario razonar, entrar en razones y aprender de la situación. Tenía que hacerlo antes de seguir adelante. Pero tampoco era una desagradecida. ¡También me gustaba mucho el positivismo! Me gustaba muchísimo que la gente se preocupara por mí, ¡pero odiaba que me dijeran qué tenía que hacer! ¡Como si ellos estuvieran en mi situación como para decirme qué debía hacer! No sé qué se creían. Quería entrar en razón de forma directa. No quería hacerme la víctima, aunque si quería que todos me fueran detrás, lo mejor sería hacerlo. Pero yo no era como la tonta de María, que al mínimo golpecito, ya lloraba. Yo no quería que todos estuvieran pendientes de mí, lo tenía clarísimo.No me gustaba que Júlia y Mireia me acompañasen al hospital, porque, probablemente, la charla que me darían los médicos sería demasiado sentimental para que la escucharan; aunque pensé que si alguna cosa me molestaba, en cualquier momento ellas me entenderían y se irían. Por eso sólo quería que vinieran ellas. Ellas serían las únicas que seguro que si yo decía: “fuera, por favor!, saldrían.
Acabamos las clases y nos fuimos al hospital. Las chicas vinieron conmigo. Fuimos en metro. Sentía un terrible dolor de estómago, probablemente por los nervios. Me encontraba fatal. Además, me dolía mucho la cabeza. Hacía tiempo que no hablaba en serio con nadie de lo que pasó aquel día. Tenía miedo. Estaba nerviosa. No sabía si el aliado del asesino le diría que justamente aquel día no podíamos ir y que lo aplazábamos. ¿Qué pensaría el asesino? No me dio tiempo de pensar nada más.
El metro hizo un frenazo brusco. Caí hacia un lado, pero, por suerte, me cogí a la barra. Me mareé. Todo me daba vueltas. Sentía cómo mis ojos se cerraban. Todo oscureció. Cada vez había más oscuridad. Tenía las manos muy sudadas y resbalé. Por suerte, alguien que estaba a mi lado me cogió. Aún me quedaron fuerzas para abrir los ojos y decir:
- Roger…
Pude ver el rostro de una persona. Estaba muy borroso. Me llevaba en brazos. Sentía los gritos histéricos de Júlia y Mireia:
- ¡Sara!
- ¡Sara, contesta por favor!
Sentí el olor de la persona que me llevaba en brazos… ¡qué bien olía!¡A colonia! ¡Mmmmm! Me era familiar… no sabía de qué me sonaba… en aquel momento me hubiera gustado saber quién me llevaba en brazos. No veía con claridad su rostro, pero pude destacar que era rubio y que tenía mucha fuerza para levantarme. Cerré los ojos. Me dolía demasiado la cabeza como para dejar los ojos abiertos y poder seguir contemplando. Aún podía escuchar qué decían:
- Llevémosla al hospital – decía una persona -.
- Sí, sí, ¡allí es donde íbamos! – dijo Júlia con su voz aguda -.
- ¡De acuerdo! – decía aquella persona -.
¡Su voz!¡Era perfecta! Noté que Júlia y Mireia hablaban con total tranquilidad, como si se conocieran. No podía ser. ¡Seguro que eran imaginaciones mías! Tenía demasiado dolor de cabeza… Abrí los ojos en un último esfuerzo y contemplé las puertas blancas del hospital. En aquél momento ya no pude aguantar más. Mi cuerpo desconectó de la realidad.

Capítulo 10
Pensar en mis pies, bailar con mis ideas.
- Piiii (unos segundos), piiii (unos segundos), piiii (unos segundos), piiii (unos segundos).
Desperté por culpa de aquél odioso ruido. Me recordó al despertador. Quise levantarme para apagarlo, pero, al intentarlo, me mareé muchísimo. Volví a estirarme en la cama. Me quedé pensando y observando a mi alrededor. Me di cuenta que no estaba en mi habitación, sino en otro lugar. Me asusté y me tapé con la manta hasta la cabeza, pero saltó del extremo inferior de la cama… ¡Y ahora tenía frío en los pies! Además, no me podía levantar… ¿Pero qué hacía yo allí? Destapé la cara, miré a mi alrededor, pero no pude ver gran cosa con la almohada al lado. Tenía el campo de visión limitado y no me gustaba. Empecé a pensar. No me gustaban los límites que la gente me ponía. No me gustaban las normas, ni las leyes, ni los límites, ni las fronteras… ¡No me gustaba nada!
Poco a poco, conseguí sentarme en la cama. Me sentí y cuando vi quién había allí… ¡Casi me tienen que llevar de urgencias por un ataque al corazón! Había alguien tapado con una manta en el sofá de la habitación. ¡No sabía quién era! Sólo podía ver el pelo rubio que a penas sobresalía. ¿Rubio? Me vino un olor… ¡Era el chico que me había llevado en brazos el otro día! Pero, no le había visto bien la cara… ¿Cómo era?¿Lo conocía?¿Lo conocían Mireia y Júlia? O eso me pareció entender el otro día… Hablaban con demasiada confianza… ¿Quién era?¿Por qué me cogió en brazos?¿Por qué acabé en el suelo del metro y en brazos de aquél chico tan misterioso?
Aquella figura se movió. La manta poco a poco fue cayendo. Yo, nerviosa, empecé a hiperventilar… ¿Y si era el asesino? Lo pensé… ¿Pero qué estaba diciendo? ¡Si los asesinos matan a la gente, no la salvan! La manta cayó al suelo. Vi el rostro de aquella persona. Se me paró el corazón. Era un chico muy guapo. Rubio, con un cuerpo delgado y atlético. En aquél momento se movió, supongo que por el frío que sintió sin la manta. Yo lo conocía. Abrió los ojos, eran verdes… Se levantó. Tenía el pelo despeinado. Me gustaba muchísimo. Su pinta era muy informal, pero supongo que, para haberse quedado toda la noche allí, su aspecto estaba muy bien. Se giró para coger la manta. Giró los ojos y me vio sentada en la cama. Sus ojos brillaban mucho. Abrió la boca, me quería decir algo. Me fijé en sus labios carnosos y rosados. Emitió un sonido muy dulce e inesperado, aunque yo ya sabía cómo hablaba… Él me dijo:
- Sara
- Hola – hice una pausa para tomar aire y me decidí – Bruno.
Era Bruno. ¡Había escapado del asesino! ¡Entonces él podía decirme quién era! Pero… no se lo podía preguntar así como así. Parecería una aprovechada. Aunque era por el bien de Roger. De momento, no le diría nada. ¡Sólo quería pasar el máximo de tiempo con él! Se levantó del sofá. Mi corazón se acelerá. Se acercó a la cama y se sentó.
- Sara
- ¿Sí?¿Qué pasa Bruno? – pregunté -.
Noté que estaba muy nervioso. Probablemente me quería decir alguna cosa… ¿Y si ya no quería saber nada más de mí?¿Qué estaba pasando?¿Por qué no me decía nada? ¡Sólo me miraba a los ojos! Sin decir nada.En aquél momento, su cara se fue acercando lentamente hacia la mía. Miré sus labios. Estaban más rosados que nunca y cada vez estaban más y más cerca… ¿Qué intentaba?¿Darme un beso?¿Ahora? Giró la cabeza. Ya estaba a milímetros de mis labios. ¡Estaba muy nerviosa! ¿Qué pasaría?¿Lo haría bien? Nunca me lo había planteado… Faltaba muy poco para que su boca rozara mis labios, pero entonces entró Mireia, Júlia y una doctora. Pasaron menos de dos segundos para que su cara volviera a estar a cinco metros de mí. Mireia vio que habían entrado en un momento inoportuno e intentó que todos se fueran y nosotros pudiéramos continuar con lo que quedaba pendiente, pero fue imposible, porque los otros no se habían dado cuenta.
- Doctora Puig, creo que ahora no es un buen momento. Sara está muy cansada. Deberíamos dejarla descansar… – intentó disimular -.
Miró a Júlia y ella lo entendió, pero como ya sabía, ella no disimularía como debiera:
- Emmm, por favor Doctora Puig, ¿podemos salir? – preguntó -.
- ¿Pero qué os pasa chicas? Teníais muchas ganas de verla
- Pues mira, ahora tengo que ir al lavabo – dijo Mireia -.
- Yo también, no piense mal, no tenemos nada ella y yo. Yo soy heterosexual… como ellos… ¡Pero ellos no están juntos! Escuche, Doctora Puig: ¡Queremos ir al lavabo! – acabó -.
La doctora entendió qué ocurría y dijo:
- Ya sé que en la adolescencia todos se enamoran y queremos estar con quien nos gusta
(…)
Desconecté. Ahora sólo me faltaba el sermón de una doctora que no conocía de nada… Miré a Bruno, pero la mirada no duró mucho. Él me estaba mirando. ¡Me intimidó mucho! Sus ojos verdes me atravesaron con una mirada fija y constante. Decidí volver a escuchar a la pesada de la doctora Puig:
- Sé que lo pasáis bien estando el uno con el otro, pero aquí en el hospital estamos trabajando por la salud. No podemos estar para tantas tonterías. Me entendéis, ¿verdad? – preguntó muy seria -.
- Sí – respondimos -.
- ¡Yo no! – dijo Bruno -.
Se hizo el silencio en la sala. Parecía que estaba todo entendido, pero, en cambio, él, con toda la seguridad del mundo, le llevó la contraria.
- ¿Y qué es lo que no entiendes? – dijo la doctora Puig -.
- Mire, le contestaré lo que quiere saber con una pregunta: ¿No se ha enamorado nunca? Porque si de verdad usted es capaz de afirmar esto, nunca ha sentido qué es estar enamorado de una persona…
La doctora Puig no supo qué responder. Todos la miramos. Trágicamente, Bruno tenía toda la razón del mundo. Parecía que la doctora nunca se había enamorado… Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero, como si fuera de hierro, quedaron dentro. No cayó una sola lágrima. Con todo el valor del mundo, soltó lo que tanto la preocupaba
- Perdone, señorita Puig, ¿Se encuentra bien? – le dije yo -.
- Sí, sí, claro. Pero este chico, no tiene razón. No sé cómo he podido ser capaz de afirmar semejante tontería. Supongo que hace ya tanto tiempo que no le veo que el amor ya no significa nada para mí…- ¿Y quién es él? – pregunté tímidamente -.
- Él se llama Mario. Mario fue el hombre de mi vida. El amor que conocí siete años. No lo he olvidado ni le olvidaré.
- Pues hace tres minutos, no parecía la misma persona… – dijo Bruno -.
- Ya lo sé… La edad, muchas veces falla… – suspiró la doctora -.
- ¿Y por qué es tan importante Mario? – preguntó Júlia interesada -.
- Mirad, Mario y yo tuvimos nuestra historia. Os explicaré cómo fue: El verano de hace siete años, yo estaba enamorada de un chico que se llamaba Josep. Él era mi novio, el hombre perfecto. Llevábamos juntos bastante tiempo. Pero las vacaciones de hace siete años lo cambiaron todo. Fui a un campamento de música. Yo tocaba la flauta travesera, era bastante buena, o eso decían. Así que fui al campamento. Josep no fue. A él no le gustaba la música y no era tan bueno como para presentarse en el campus. Allí había un bungalow para cada seis personas. Cuando llegué, las otras cinco chicas ya habían dejado las maletas y estaban preparadas. Se me presentaron. Si mal no recuerdo, se llamaban Juliette (era francesa), Biram (de Senegal, en África), Emily (norteamericana), Tomoko (Japonesa) e Induja (de la India y nos explicó que su nombre significa Hija de la Luna). Todas sabían inglés, pues el campamento estaba en Inglaterra. Más o menos nos entendíamos. Al principio nos costó, ya que teníamos acentos muy diferentes, pero nos acabamos acostumbrando. Las colonias duraban un mes. Aquél día asistimos al concierto de inauguración. Me senté al lado de Juliette. A su otro lado había un chico alto y bastante atractivo, moreno de ojos azules. Tenía pecas por toda la cara. Su piel era morena. Al principio me pareció un estúpido. Su aspecto era bastante dejado. Vestía una cazadora de cuero y una camiseta de tirantes blanca bastante ajustada. Llevaba los tejanos bajados, como la mayoría. Supongo que debió notar que le miraba bastante detallademente, así que se dedicó a intimidarme durante todo el concierto. Recuerdo que nunca he estado tan nerviosa como en aquél concierto. No creía que un cretino como él me pudiera intimidar. Era imposible. Acabamos el concierto y me dijo:
- Mario, encantado
- Emmm, ¡hola! Me llamo Laura Puig Pérez, pero me puedes llamar Laura, ¡gracias!
Se rió de mí. Yo pasé aún más vergüenza, pero me fui, como si no hubiera pasado nada. Él me siguió, pero yo como si nada.
Hizo una pequeña pausa, todos la mirábamos descaradamente, como si fuera algo muy extraño sentir atracción por aquél chico. Tomó aire. Supongo que aquél momento era el mismo que sientes cuando te coges fuerte para bajar la bajada más empinada de una montaña rusa, porque, en realidad, así es la vida, una montaña rusa. Llegas, subes y subes, tomas aire y bajas. La primera bajada ya puede ser fuerte o floja, pero de un momento a otro, vuelves a subir o das una vuelta de aquellas emocionantes y la vida cambia totalmente. Hace un giro en tu ruta, en tu destino.Cerré los ojos fuerte y sentí la bajada de la doctora Puig, la debilidad: Mario. Suponía que no sería fácil encontrar la subida…
Así que llegué a mi Bungalow, donde las cinco chicas me esperaban. Juliette se dedicó a explicar a todas que yo había conocido al guaperas de Mario. No sabía nada de él y, en cambio, ellas conocían toda su vida. ¿Cómo era posible?¿Qué les pasaba con aquél chico? Pues me explicaron que Mario era el chico de los sueños de todas las chicas de los campamentos de Música.
- Cada año va y vuelve dejando otro corazón roto. Pero dicen que este año será diferente… Se ha enamorado – explicó Induja -.
- ¡Sí! ¿Lo tienes claro verdad Laura? – me preguntó Emily -.
Yo me quedé estupefacta y muy sorprendida. ¡No me esperaba aquello! Total, para no alargarlo mucho, nos pusimos a hablar de música. Poco a poco, le fui conociendo más. Se ve que Mario no tenía hermanos ni hermanas. Adoraba todo tipo de transporte, sobretodo los monopatines, era un fanático. Decía que tenía dos y que estaba dispuesto a enseñarme cómo ir. Yo he de reconocer que era muy mala y que hice el ridículo más espantoso, pero como no me vio mucha gente, no pasaba nada. Nos fuimos haciendo amigos y la confianza iba creciendo.
- ¿Y qué pasó?¿Lo dejásteis todo como amigos sólo o hubo algo más? – preguntó Mireia, impaciente por saber cómo acababa todo -.
- ¡No seas inquieta! – grité
- ¡Shhhht!¡Sara, por favor, no grites! – dijo enfadada la doctora -.
- Por favor, sigue, que ahora sí que empieza todo – dijo Bruno -.
- Bien, pues como os iba diciendo, nos teníamos muchísima confianza. Pero ninguno de los dos teníamos pensado eso, queríamos más. Y más o menos hacia el final de la primera semana se me declaró.
- ¿Recuerdas cómo lo hizo? – preguntó Mireia emocionada -.
- ¡Claro! Fue muy especial – hizo una pausa antes de continuar -. Todo pasó durante la noche. Él salió de su Bungalow y vino al mío. Llamó a la puerta y yo salí. Fue casualidad, porque yo no tenía ni idea que vendría. Parecía que todo estuviera calculado. Yo iba en pijama, me daba mucha vergüenza, pero él tampoco iba muy elegante, así que me puse unos tejanos y la primera samarreta que encontré. Me vendó los ojos con un pañuelo que olía muchísimo a él. Me llevó al puerto abandonado que había al lado del lago. Llevaba una cesta con comida y una vela. ¡Fue muy romántico! Comimos pizza y fresas con nata. Tamién llevaba una botella de vino, era exquisito. Me dio una copa y dentro vi el anillo.
Hizo otra pausa, pero no fue muy triste. Estaba muy alegre. Supongo que recordar los momentos bonitos, te hace sonreír. Nos miró a todos y sonrió.
- Pues ya os podéis imaginar que no me pude resistir…
- ¿Y Josep? – exclamó Júlia -.
Yo también me pregunté por el pobre chico. ¡Me imaginaba que Bruno hiciera algo así!¡No se lo perdonaría en su vida!¿De verdad fue tan mala persona?¿Y cómo se lo montó cuando volvió a casa? ¿Le dijo a Josep que había estado con otro chico? Tenía muchas dudas y le pedimos que siguiera con la explicación.
- Mirad, nunca había sentido nada igual por nadie. Quería muchísimo a Josep, pero no tanto como a Mario. No podía pensar en otra cosa que, si no aceptaba, no podría seguir viviendo, no podía perderme una experiencia como aquella. Pero, en aquél momento, yo no veía que con Mario no había futuro… Que, cuando acabaran las tres semanas que quedaban, nada sería igual. Por eso acepté. Me puse aquél anillo.
Calló y nos enseñó la mano. Llevaba un anillo de plástico, de esos que se rompen fácilmente y que acostumbran a vender en los quioscos con una revista o que acompaña a un complemento de un juego de muñecas. Pero ella aún conservaba aquél anillo, después de tantos años. ¡Me emocioné!
- Aún tengo este anillo. ¿Os podéis imaginar lo importante que fue Mario para mí? Ahora, Bruno, ¿me entiendes? Siento haber afirmado todas aquellas tonterías… ¡Perdóname!
- Estás perdonada – dijo Bruno – pero, ¿cómo acaba todo? – dijo muy impaciente -.
- Bruno, estuvimos juntos hasta el final. Hicimos cosas inimaginables, cosas que ya descubriréis qué son.
- ¡Explícanoslo! – dijo Júlia interesada -.
- ¡No os lo puedo explicar!
- ¿Por qué? – pregunté yo -.
- Pues porque es como en las películas, si te explican el final, cuando la veas no tendrá gracia porque ya te lo esperabas. En cambio, si no te han dicho nada, el final es sorpresa y más interesante. ¿Me entendéis?
- ¡Sí! – afirmamos todos -.
- Mi historia con Mario acabó cuando finalizaron las tres semanas restantes de campamento. Nos despedimos y yo volví a casa con Josep. No le dije nada, por miedo a que me dejara. Sin embargo, años más tarde, Mario se presentó en mi casa. Yo aún no vivía con Josep, pero estábamos prometidos. Nos íbamos a casar pronto. Pero él llegó y dijo que encontró una carta dirigida a mí en el campamento y que había tardado mucho en encontrar la dirección real. Y allí estaba. Estuvimos hablando de cómo nos iba todo. Él no sabía que yo me iba a casar… No se lo expliqué. Se lanzó a darme un beso en los labios y yo le seguí…
- ¿Cómo es posible? Después de tanto tiempo… ¿No tendría que haberlo olvidado? – dijo Mireia -.
- Cuando de verdad quieres a alguien, no lo olvidas. Y cuanto más la intentas olvidar, más lo recuerdas – respondió ella -.

Sara está en el hospital… ¿Y Bruno?¿No estaba secuestrado?¿Qué falla?¿Se ha escapado del asesino o sólo era una trampa? Y la doctora Puig, ¿quién es esa mujer tan misteriosa? Preparáos para el capítulo 11… ¡Que esto se acaba!
Autor, AINA CATALÁN©
Traducción libre de Los Libros de Bastian y publicación con el consentimiento expreso del autor. Queda totalmente prohibida la reproducción de este texto sin la autorización expresa del autor Aina Catalán ni los que firman esta publicación, la Dirección de Los Libros de Bastian (www.loslibrosdebastian.com)
 

La clave del éxito. Capítulo 8. Novela de Aina Catalán

Esto se pone muy, pero que muy interesante…
Capítulo 8
Del libro La Clave del Éxito
Autor: Aina Catalán ©
Traducido por Los Libros de Bastian. Imagen y música seleccionada por la autora, Aina Catalán
Personas que tienen el don de hacerte soñar despierto
Llegó la hora del patio. Fui a hablar con Mireia y Júlia.
- Escuchad chicas, ¿no os parce muy sospechoso que el asesino supiera lo que estuvimos hablando en la biblioteca? – dije
- Sí, es muy extraño – contestó Julia
- Quizás el asesino está en contacto con alguien del grupo – dijo Mireia
Todas callaron. La miramos.
- Mireia, ¡eres genial! – le dije
- Tiene razón, el asesino tiene un espía entre nosotros… Pero ¿quién? – dijo Julia
- ¿Quién nos la quiere jugar? – dije
- No lo sé, pero con eso sabemos más sobre el asesino – añadió Mireia
- Tenemos que reunir a la pandilla. Si decimos que estamos preocupadas, el aliado del asesino se pensará que no estamos capacitadas para resolver el caso… – dijo Julia
- Pero, una cosa chicas… – dije yo
- ¿Sí? – dijeron
- Si eso es verdad… alguien del grupo se puede comunicar con el asesino, ¿no?
- Se supone que sí – respondieron
- Entonces es alguien cercano a nosotros – dije
- Sí, pero hay muchas personas a nuestro alrededor – dijo Julia
- Pero quiero decir que, si el aliado tiene contacto directo con el asesino, lo podríamos utilizar para comunicarle lo que queramos… ¿sabéis a qué me refiero? – añadí
- No, yo no lo entiendo… ¿Cómo quieres mantener contacto si no sabes quién es? – preguntó Julia
- No, quiero decir que podríamos utilizar al espía para comunicar al asesino lo que nos interese. Y podríamos engañarle…
- Pero ¿cómo? – preguntó Mireia
- Diríamos delante de todo el grupo que aún no tenemos ninguna carta nueva… también podríamos hacer creer delante del grupo que no tenemos ni idea de quién es el asesino…
- ¿Y esto último de qué nos serviría? – dijo Julia
- Pues que así el asesino se relajaría y no se preocuparía del caso. Así nosotras tres podríamos seguir investigando en secreto sin que el asesino se enterase de nuestras sospechas y conclusiones – expliqué
- Es muy buena idea, pero tenemos un problema… – dijo Mireia
- ¿Cuál? – preguntó Julia
- Pues que si nosotros hacemos la investigación a parte, la pandilla lo notará ¿no? – cuestionó Mireia
- No te entiendo Mireia… – respondí
- Quiero decir que, si nosotros investigamos, necesitaremos estar juntas todo el rato… ¿El grupo no notaría que estamos más distantes? – dijo
- ¡Ostras! No lo había pensado… tienes razón – dije yo
- Además, también debemos tener en cuenta que si nosotros descubrimos alguna cosa que la pandilla no sabe, puede ser peligroso porque el aliado lo podría notar – dijo Mireia- Pero imaginad una cosa: Ahora hacemos ver que la investigación se separa en dos. Cada grupo investigará cosas diferentes, ¿no?
- Sí, sí – dijimos
- ¿Y si en un momento vemos que nuestra investigación está mal y que la del grupo está bien? El asesino, sabrá que cada vez nos acercamos más y no se relajará… ¿qué hacemos?
- Tienes razón Julia – dijo Mireia
- Creo que tengo la solución. – dije
– Deberíamos continuar la investigación por separado. Entre nosotras sacaremos conclusiones y con el grupo investigaremos. Cuando nos reunamos las tres, llegaremos a conclusiones sobre la investigación que hayamos hecho con el grupo. Debemos estar alerta, porque dentro del grupo no podemos decir nada… Sino el asesino sabrá qué pensamos. ¿Os parece bien? – dije
- ¡Tienes razón Sara! Yo estoy de acuedo – dijo Mireia
- ¡Sí, sí, yo también! – dijo Julia
- Mirad, tengo una idea… ¿Y si ahora reunimos a toda la pandilla y decimos que iremos a un sitio para investigar? El aliado se lo contará al asesino y seguro que hará alguna de las suyas.
- Muy buena idea. Pero ¿qué sitio sospechoso tenemos? – preguntó Julia
- ¿Os parece bien un almacén abandonado en las afueras de la ciudad? Yo creo que sería un buen lugar para engañar a un asesino.- dijo Mireia
- Está bien, pero si nos preguntan por qué vamos allá, ¿qué decimos? – pregunté
- Podríamos decir que creemos que el asesino se esconde en el almacén – dijo Julia
- ¡Buena idea Julia! – dije yo
- ¡Pues vamos con la pandilla! – dijo Mireia
Sin decir una sola palabra, nos reunimos con el resto del grupo. Mireia, Julia y yo ya sabíamos de qué iba el tema. El problema era que alguien del grupo estaba en contacto con el asesino, porque le pasó la información de la reunión de la biblioteca. Así que no podíamos confiar. Aún así, explicamos la situación al grupo sin hablar de la carta.
- Escuchad, creemos que ya es hora de descubrir dónde se esconde y quién es el asesino – dije yo
- De acuerdo, ¿y cómo lo hacemos si no tenemos ni idea de quién es el asesino? – preguntó Marina
- Tienes razón Marina, por eso hemos decidido ir a los lugares más sospechosos donde pensamos que se podría esconder – le contesté
- ¿Y cuál es este sitio? – dijo Miquel
- El almacén abandonado – dijo Mireia
- ¿Estáis de acuerdo? – dijo Julia
- Sí – dijimos Arnau, Miquel, Marina, Mireia, Ágata y yo
- Pues, quedamos todos hoy a las seis y media en la puerta del almacén – dije
¡Riiing!
Sonó el timbre del patio. Subimos todos a clase. Hoy era viernes, así que si descubríamos alguna cosa en el almacén, podríamos hablarlo las tres durante el fin de semana. Ahora tocaba asignatura optativa. En las optativas, cada uno escoge una asignatura que quiera hacer. A mí me dieron a escoger entre tres a principio de curso: Matemáticas de refuerzo, Educación Visual y Plástica y Francés. Por supuesto, escogí francés y, por suerte, me aceptaron. Así que ahora me tocaba Francés. La profesora entró en el aula. Yo estaba hablando con Mireia, que también hacía francés conmigo.
- Chicos y chicas, escuchadme – dijo la profesora
Mireia y yo nos sentamos en nuestro sitio. La profesora nos miró con aires de superioridad, como acostumbraba a hacer. Dio una vuelta a toda la clase. Cuando todos nos habíamos callado, continuó hablando.
- Ahora quiero que me escuchéis bien – hizo una pausa y continuó – Esta semana no haremos una clase de francés normal
Nadie entendió. Todos pusieron cara de no saber de qué hablaba.
- No tendréis ni deberes ni exámenes – dijo
Las caras de los alumnos cambiaron. Se dibujó una sonrisa en todos sus rostros. Mireia me miró y sonrió. Yo le devolví la sonrisa.
- Pero haréis un trabajo de investigación. Quiero que hagáis de detectives, porque ésta es la semana de las películas de investigación y detectives. Quiero que investiguéis cualquier caso o que representéis algún caso de alguna serie de televisión – dijo la profesora.
Mi corazón se aceleró, ¡ahora ya lo tenía fácil! ¡Encontraría a Roger y Bruno antes de lo que el asesino tenía previsto!Bajé la mirada… Acababa de pensar en Bruno. Eso me ponía muy triste. Una lágrima recorría mi rostro. Yo la notaba. Era fría y rápida. Abrí los ojos. La lágrima se había estampado sobre la mesa. Yo no me podía estampar igual que ella. No me podía rendir, ponerme trista y caer. No lo podía hacer. La vida de las dos personas más importantes estaba en mis manos. Y yo no tenía ninguna intención de dejarlas ni abandonarlas. La situación que yo vivía no era la más cómoda para seguir adelante. Lo había perdido casi todo y lucharía para no perder lo poco que me quedaba. Alcé la cara. No quería que nadie me viera en esa situación. Pero, por supuesto, todos me miraban. Cada mirada era como un dedo señalándome y acosándome de que toda la culpa era mía. Eso no me ayudaba en absoluto, pero yo no me haría pequeña por cada mirada. Todo lo que me rompía y me dolía, me hacía crecer.
Mientras pensaba aquello, vi a Miquel entrar en clase. Me miró. Se dio cuenta de que yo no hacía buena cara. Me fijé en su mirada. Supongo que notó que algo me preocupaba. Y así era. Vi que seguía adelante para dar unos papeles a la profesora de francés. Después le quedaron libres las manos y pudo hacerme un gesto. Lo entendí. Quería que hablásemos más tarde. Quería que le explicara qué me pasaba. Le devolví el gesto, acompañándolo con una sonrisa. Él me sonrió y salió de clase. Cerró la puerta y el portazo me hizo cerrar los ojos y empezar a pensar de nuevo. Pensé que Miquel se preocupaba por mí. Sólo con una mirada ya sabía que algo me preocupaba. Eso era de muy buen amigo. Además, quería que le explicara y eso era muy buena señal. Miquel era un chico muy simpático. Siempre me hacía sentir mejor. Sentía que a su lado no habían preocupaciones. Sentía que estar a su lado era la seguridad que venía buscando hacía tiempo… Tras este pensamiento, se me hizo un nudo en la garganta. ¿Cómo podía haber pensado eso?¿De verdad sentía alguna cosa más por él?¿Ahora que tenía a Bruno?¿Ahora tenía que aparecer?¿Ahora?
Noté que la mano de alguien me tocaba el brazo. Levanté la mirada y las vistas no fueron muy agradables. Pensaba que sería Mireia que me preguntaba qué me pasaba o algo parecido… Pero choqué con la cara de la profesora de francés. Justamente con la persona que no quería que supiera nada del tema…
- ¿Qué te pasa Sara?¿Por qué lloras? – dijo ella
- Por nada, no me pasa nada. ¡De verdad! – respondí
- Sí que te pasa alguna cosa… Hablaremos cuando acabe la clase, en cinco minutos, ¿vale? – preguntó
- Sí, claro. Perfecto – respondí
Nunca había deseado que una clase durara más de lo normal, pero cinco minutos son cinco minutos. Acabó la clase y fui a hablar con la profesora. En realidad no me iba nada bien. Seguramente me reñiría o me castigaría por no haber estado atenta. Así que no podía esperar nada bueno. El probema era que Miquel me estaría esperando fuera para hablar y, si me castigaba, no podría ir con él… ¡Así que cuanto más rápido, mejor!
- Oye Sara, me gustaría hablar con tus padres por lo que te está pasando… Sé perfectamente que hay algo que te preocupa. Lo sé porque siempre estás cambiando de cara… quiero decir que hay días que eres muy feliz y días que estás muy triste. Acostumbro a verte muy, muy triste últimamente. Mira, yo sé que la adolescencia es difícil (…)
Dejé de escuchar. Se equivocaba de tantas maneras que no sabía por dónde empezar.
- (…) Ahora cuéntame qué te pasa, por favor – dije
- No tengo nada que contarte
- Pues tú puede que no, pero tus padres sí que tienen alguna cosa que decirme, ¿no crees? – dijo con un tono vacilante
En ese momento me hubiera gustado que se hubiera abierto un agujero en el suelo y se hubiera perdido dentro de esa oscuridad. Pero no podía desear imposibles.
- No están – pronuncié alto y claro
- ¿Cómo que no están? Trae ahora mismo la agenda, que les darás una nota que escribiré. ¿Qué es eso de de no están? Mira, te iba a ayudar, pero sólo me faltaba ahora preocuparme por ti. ¡Mira que eres desagradecida! – dijo gritando como si la hubiera insultado
- ¡Que NO ESTÁN! – grité
- Mira niña, ¡a mí no me grites! Que yo también sé mentir para escapar de los problemas – respondió
Se me caían las lágrimas. ¿Cómo una persona podía ser tan poco dulce? ¿Es que no entendía que era cierto? Han muerto, no están.
- Escúchame bien: ¡NO ESTÁN, HAN MUERTO!!! – grité con todas mis fuerzas
Hubo un silencio aterrador. No se atrevió a pronunciar palabra. No tenía razón. Las lágrimas me caían por la cara como saltos de agua. Me dolió mucho tener que pronunciar en voz alta la muerte de mis padres.
- Perdóname Sara. Yo no sabía nada… – se disculpó- No tengo nada que decirte – dije yo
Después, me fui. Cerré la puerta y volvió a hacerse el silencio. Esperaba que a partir de aquello, todos se enterarían de que mis padres no estaban y que era huérfana. Sin familia con quien ir.
Empecé a correr por el pasillo de la escuela. Tenía la sensación de que aquél pasillo era infinito. Yo corría y corría, pero nunca llegaba el final. Veía la luz del final del pasillo, pero nunca llegaba. Suerte que no era real y que sólo fue un efecto óptico por todas las lágrimas acumuladas en mis ojos. Salí al exterior. Hacía buen día. Todos estaban pasándoselo bien en el patio. Todos menos yo. Me senté en un rincón. Cerré los ojos, pero no dormía. Pensaba en Bruno. Hacía mucho tiempo que no le veía. De repente, como aquél primer día que estábamos juntos en el patio, una mano me rodeó. Pensé que era Bruno. No quería abrir los ojos. Su olor me era familiar, pero no sabía quién era. Giré la cara hacia la suya. La toqué. Su forma era como la de Bruno. Seguro que era él ¡había vuelto! Acerqué mi cara hacia la suya con los ojos aún cerrados. Dejé que sus labios tocaran los míos. El también los abrió. Me separé. En aquél momento, se me dilataron las pupilas. No era Bruno. Era Miquel. Su cara se quedó blanca y supongo que la mía también. Me levanté y salí corriendo. No sabía qué decir ni cómo reaccionar. Como siempre acostumbraba a hacer, escapaba de mis problemas.

¿Qué os ha parecido?¿Creéis que hay un aliado del asesino dentro del grupo?¿Qué pasará entre Sara y Miquel?¿Y Bruno? ¿Creéis que lo sabrá?¿Cómo creéis que reaccionará?Y respecto al almacén… ¿Estáis seguros de que no se esconde allí el asesino?¡Todo esto y mucho más en el próximo capítulo!
Autor, AINA CATALÁN©
Traducción libre de Los Libros de Bastian y publicación con el consentimiento expreso del autor. Queda totalmente prohibida la reproducción de este texto sin la autorización expresa del autor Aina Catalán ni los que firman esta publicación, la Dirección de Los Libros de Bastian (www.loslibrosdebastian.com)

 

 

La clave del éxito. Capítulo 7. Novela de Aina Catalán

Una nueva nota. Nuevas dudas y nuevas víctimas. Vamos con el capítulo 7.
Capítulo 7
Del libro La Clave del Éxito
Autor: Aina Catalán ©
Traducido por Los Libros de Bastian. Imagen y música seleccionada por la autora, Aina Catalán
Y es que uno de los mayores placeres que existen en la vida
es sonreír a alguien que intentó que no lo hicieras.
La vigilante de la biblioteca llegó con cara de malas pulgas. Probablemente, nuestro jaleo debía molestar a otras personas. Nos miró. Su mirada nos intimidó y, como si tuviera telepatía, todos supimos que nos estábamos pasando. Cuando todos callamos, nos miramos. Sabíamos que a partir de ese momento nos teníamos que concentrar.
- Sara, ¿tienes todas las notas que te han enviado? – preguntó Marina
- Sí, sí, están aquí – respondí
- Deja que las vea – dijo
- ¿Qué ocurre? ¿Has encontrado alguna cosa? – dije interesada
- Creo que sí – respondió
- ¿A sí? ¿Qué es? – grité emocionada, sólo de pensar que gracias a ella podíamos encontrar a Roger
Todos los presentes nos miramos.
- Shhht! – se escuchó de fondo
El grupo se acercó interesado por mi grito de alegría
- ¡Venid! – dijo Marina
Todos nos acercamos. Vimos que aguantaba un cómic. Yo pensé que se había vuelto loca. ¿Cómo quería encontrar algo entre unos cómics? No sabía qué pensar. Miré las caras de los demás. Todos parecían igual que yo… Excepto Miquel y Ágata. Sus caras se habían quedado pálidas. Los dos miraban el cómic como si fuera la respuesta a todos los porqué del mundo. Marina miraba el cómic con una gran admiración. Parecía que los tres estuvieran conectados. Arnau les cogió el cómic. Bruno, Mireia, Júlia, Arnau y yo leimos el título del libro: “El primer amor adolescente”.
- ¿Qué es esto? – dijo Arnau con un tono vacilante.
- Es la clave del éxito – dijo Miquel mirándome fijamente a los ojos.
Yo no sabía responder. No tenía ni idea de qué me quería decir con la clave del éxito… Mi reacción fue una mirada dulce e intimidante. Quería saber qué había más allá de aquellos ojos tan especiales que tenía. Su mirada me volvía loca. Siempre me quedaba sin palabras y tenía miedo de que pensara que era tonta. Tenía miedo de que pensara que no sabía hablar o de que no me cayera bien. En realidad era todo lo contrario. Tenía ganas de hablarle y de que viera quién soy en realidad.
Bruno vio cómo entre la multitud, mi mirada iba directamente hacia la de Miquel. Se fue de la biblioteca. Ninguno se dio cuenta de que había desaparecido hasta más tarde. Nuestra primera reacción fue pensar en el asesino. Pensamos que le había raptado, igual que a Roger, o que más tarde nos encontraríamos su cuerpo tendido en algún lugar. El ambiente de la biblioteca era tenso. Entre el silencio y nuestras sospechas sobre lo que había pasado, nadie hablaba. Todos estaban callados, sin mediar palabra. Hasta que la voz de Júlia rompió el silencio:
- Chicos, debo irme. Hoy tengo clases de judo – dijo
Acto seguido, se fue. El silencio volvió a reinar en la sala. Todos estaban pensativos. Marina y Ágata cogieron el libro. Lo leyeron y releyeron por encima. Yo aún no entendía por qué era tan especial ese libro. No entendía cómo se podían encontrar pistas a partir de un libro de amores adolescentes… Y otra vez se volvió a romper el silencio:
- Gente, me voy que aún debo estudiar para la recuperación de Tecnología – dijo Arnau.
Después cogió la mochila y desapareció por el pasillo. El silencio volvió, pero no por mucho rato. La voz de Ágata y la voz de Marina lo rompieron.
- Nosotras vamos tirando, que yo tengo mucho que repasar – dijo Marina
- Sí, sí y yo la tengo que ayudar – dijo Ágata
Tenía la estraña sensación de que el grupo se dispersaba. Sentía que cada uno iba por su camino, con sus pensamientos y su vida… Ahora mismo estaba muy desconcertada. No sabía en quién creer. Al final sólo quedábamos Mireia, Miquel y yo. En aquél momento, tuve muy claro en quién podía confiar y en quién no. Sabía quién me abandonaría y quién me acompañaría hasta el final. Miquel era el único con quien me sentía más segura que nunca. Antes confiaba en Roger, pero ya no está. Confiaba en Bruno, pero ha desaparecido. Confiaba en la pandilla, pero se han ido. Me puse a pensar…
- ¡Ya lo tengo! – grité -.
- Shhhht – se oyó -.
- Ya tienes ¿Qué? – dijo Mireia -.
- La solución a la otra carta. La última que me envió – dije entusiasmada -.
- ¡Pero no te quedes callada!¡Explícanos! – dijo Miquel -.
- Mirad – saqué la carta – Dice así: As de picas (sólo uno y no lo encuentras), Dos de corazones (eliminados del mapa) y 7 de trébol (se perderán por el camino). He estado pensando… As de picas, sólo uno y no lo encuentras. ¿A quién no encontramos y es sólo uno? Pues a Roger, claro – dije -.
- ¡Es verdad! – gritaron a la vez -.
- ¿Y dos de corazones? – dijo Miquel preocupado -.
- Supongo que mis padres… porque están eliminados del mapa, como dice la carta – callé -.
Hubo un silencio en la sala. Sólo quedábamos nosotros en la biblioteca. La secretaria se levantó de la silla. Cuando llegó, nos dijo:
- Venga chicos, es hora de cerrar ¿no os parece? Lleváis aquí charlando y gritando mucho rato, como animales en la selva. ¡Ya está bien! – dijo enfadada -.
- Lo sentimos mucho señorita Antonia – dijo Mireia, que la conocía hacía tiempo -.
- No pasa nada, pero la próxima vez os aseguro que os echaré a la mínima de cambio – dijo-.
Salimos de la biblioteca. Miquel nos acompañó un trozo pero sin decir nada sobre el caso. Escuchaba cómo hablábamos Mireia y yo de nuestros temas. Dos calles más adelante, giró para ir a su casa. Se despidió con un simple adiós.
Llegamos a casa de Mireia. Descargamos las mochilas y los apuntes.
- Sara, te he cogido una cosa en la biblioteca – dijo-.
- ¿Sí?¿Qué libro es? Déjamelo ver – respondí -.
- Aquí lo tienes – dijo ella -.
Me dio el libro del Detective Conan. Otra vez un libro infantil. Pero esta vez estaba relacionado con el caso. Crímenes y casos por investigar. Este libro nos acabaría haciendo un favor. Lo empecé a leer, no me gustó. Era un cómic y leerlos no era mi fuerte. Me gustaban más las novelas, pero qué le vamos a hacer… No tenía suficiente tiempo para leerme una novela y analizarla para sacar conclusiones. Pensé que en un cómic, al ser más visual, me resultaría más fácil encontrar soluciones. El cómic se titulaba “Detective Conan. El caso de las siete cartas”. No le encontré nada particular.
- Oye Mireia, ¿tú por qué me has dado este libro? No pone nada – le dije -.
- Tú lee. No te dejes ningún detalle. La solución está donde menos te esperas – dijo-.
- Entonces, ¿conoces la solución? – le dije -.
- Siete de trébol se perderán por el camino… somos nosotros – añadió -.
Ella había pensado lo mismo que yo. Le guiñé el ojo. Ahora podía confiar plenamente en ella. Suerte que Mireia era alguien inteligente y que me entendía.
- Sara – dijo -.
- ¿Sí? – contesté -.
- ¿Tú tienes miedo? – me preguntó -.
La pregunta era extraña. Por qué me preguntaba si tenía miedo. Miedo, ¿de qué? Podía tener miedo a muchas cosas. Podía temer a la oscuridad o a perder a Roger. Podía tener miedo a perder a Bruno o a que las amigas no confiasen en mí. Podía tener miedo de que el asesino me destrozara psicológica y físicamente… Miedo ¿a qué?
- Miedo, ¿a qué Mireia? – pregunté yo -.
- Miedo a la vida. Miedo al asesino. Miedo a perder. Miedo a ganar. Miedo a sentirte bien. Miedo a sentirte mal. Miedo a mirar y no saber qué decir ni cómo responder. Miedo a las amistades. Miedo a la confianza. Miedo a la tolerancia. Miedo al engaño. Miedo – calló -.
Yo no supe qué responder. Su respuesta acertó todos mis miedos y mis dudas. La miré. Creo que me entendió porque su mirada fue muy clara. Apagó las luces y nos fuimos a dormir. Aquella noche, soñé algo muy extraño. Había un laberinto y lo tenía que recorrer. Tenía diferentes niveles y se iba complicando. Sólo conseguí superar hasta el cuarto nivel. ¿Se acababa aquí mi sueño?
Al día siguiente teníamos colegio. Era viernes. Los viernes siempre resultan largos. Parece que nunca se acaben, pero cuando se acaba, ¡la gloria es gigante! Nos despertamos y vestimos para irnos corriendo de casa de Mireia, porque queríamos llegar antes de la hora prevista.
Entramos por la puerta principal. Eran las 8:13h y las clases empezaban a las 8:30h. Teníamos más o menos un cuarto de hora para investigar. Estuvimos hablando. Después de avanzar en el libro de Conan, he descubierto que el asesino actúa contra los sentimientos de la persona afectada o que lo han sobornado para que lo hiciera. Podía ser cualquiera de las dos respuestas. Yo seguía pensando que era la primera, porque la segunda opción, sólo pasaba en casos en los que la mente criminal estuviera involucrada en el mundo de los negocios y yo conocía a muy poca gente así. Entonces, si nos decantábamos por la primera opción, el asesino me odiaba. ¿Quién me odiaba? Yo no sabía por qué las personas a las que no caes bien, no te lo dicen… Así que, pensando y pensando, hicimos una lista de las personas a las que no caigo bien:
- María, Inga, Berta y Carla – dijo Mireia -.
- Y según las iniciales, sólo coincidían las de María y las de Inga. Pero no creo que las iniciales sean verdaderas – dije yo -.
- Yo tampoco me lo creo, supongo que es para engañarte – dijo Júlia -.
Entramos en clase. Allí nos encontramos con todos los demás. A partir de aquél momento, vigilaría de cerca a María y a Inga. ¿Pero ellas serían culpables de un asesinato? No lo creo. Si ellas eran las criminales, tenían alguien que les ayudaba con el trabajo sucio. Tocaba Religión, con Anna Tàpies, la recepcionista. La profe era Dàlia, pero no había venido, así que Anna era la suplente. Me giré para sacar la carpeta de la mochila cuando noté un papel fuera de la carpeta. Lo saqué. Era otra nota del asesino:
¡Hola Sara!
Hacía tiempo que no te enviaba nada… Quería esperar a ver cuánto tardabas en descubrir la nota… Por cierto, has tardado demasiado. La próxima vez, no te dejaré tanto tiempo para tanta tontería. Por supuesto, vi a tu amiguito tan querido Bruno sólo por la calle. Salía de la biblioteca decepcionado… ¿Qué le has hecho al pobre chico? Está aquí conmigo y no deja de llorar por ti. Me está empezando a molestar. Como no descubras el caso rápido, ¡rodarán cabezas! Jajajaja Tienes un misterio que resolver y no se resolverá sólo. Piensa menos, siempre es más fácil de lo que imaginas. Te recuerdo que nunca debes juzgar un libro por su portada. Está muy mal visto. La solución siempre la tienes delante y ¡nunca lo descubres!
Att,
BMT/IDV
Cerré la carta y la guardé. Anna Tàpies me vio la cara pálida que se me había quedado.
- ¿Te encuentras bien, Sara? – me preguntó -.
- Sí, sí… ¿Por qué lo dice? – me dijo -.
- No, no, por nada – respondió -.
La clase continuaba. Yo no paraba de pensar. Mi cerebro era como una máquina. Creía que me explotaría. Por suerte, después de Religión teníamos Tutoría. ¡Me salvó la vida! Mireia me miró con cara de preocupación. Le pasé la nota. Se quedó blanca, como yo. Su reacción fue igual que la mía. No entendía nada de lo que habían escrito en la nota. Pero había algunas frases muy características, como: “Te recuerdo que nunca debes juzgar un libro por su portada… está muy mal visto”. Parecía que el asesino hubiera asistido a nuestra reunión… ¿Cómo podía saber que yo dije que el libro de los amores adolescentes no serviría?¿Cómo sabía que había emitido un juicio?¿Cómo?

Ya quedan pocos capítulos…
Autor, AINA CATALÁN©
Traducción libre de Los Libros de Bastian y publicación con el consentimiento expreso del autor. Queda totalmente prohibida la reproducción de este texto sin la autorización expresa del autor Aina Catalán ni los que firman esta publicación, la Dirección de Los Libros de Bastian (www.loslibrosdebastian.com)
 

La clave del éxito. Capítulo 6. Novela de Aina Catalán

Tras la tensión del capítulo 6, Aina Catalán nos relaja un poco con la duda entre una elección difícil.
Capítulo 6
Del libro La Clave del Éxito
Autor: Aina Catalán ©
Traducido por Los Libros de Bastian. Imagen y música seleccionada por la autora, Aina Catalán
Se atrapa antes a un mentiroso que a un cojo
Continuaba la duda de quién era el asesino. Bruno parecía muy bien plantado y estaba segurísima que él no tenía nada que ver con la historia. En cambio, Miquel tenía cierto aire distante y frío. Siempre concentrado en sus teorías estrambóticas, no sabía qué pensaba ni en qué creía. Era un chico solitario, pero formaba parte del grupo. ¡El Grupo! ¡Claro! ¡No había caído!
Supongo que ahora era necesario trabajar en grupo. No podía continuar sola y lo tenía clarísimo. Aquella misma tarde, reuní a todo el grupo. Fuimos a la biblioteca del barrio. Allí podríamos encontrar información útil.
- Sara – dijo Miquel
- ¿Sí? – respondí
- ¿Por qué estoy en el grupo? – tomó aire – Es que tú y yo no hemos hablado nunca, ni hemos quedado. Nunca hemos hecho nada juntos y ahora me lo confías todo. No lo entiendo.
La verdad es que yo tampoco entendía nada. Tenía razón en que nunca le había hablado. Al contrario, tenía ganas de hacerlo, pero por miedo a que la gente hablase mal de mí, nunca lo conseguía.
Le miré. No sabía qué responder. ¿Por qué le habría escogido para mi grupo de detectives? No lo sabía, pero su aire frío y distante, su mirada penetrante y sus labios cuando hablaba, hacían que yo fuera un imán hacia su nevera. Me sentía irresistiblemente atraída por él. Pero eso no se lo podía decir. Y menos ahora que tenía a Bruno, lo que más deseaba en este mundo… No estaba segura de sentir lo mismo por él. Finalmente respondí.
- No lo sé, no tengo nada claro Miquel; pero cuantos más seamos más reiremos, ¿no? O eso dicen – temblé
Notaba que hablar con él me ponía muy tensa. Eso no debía ser bueno. Sentía alguna cosa por él. Su mirada penetrante, fija e intimidadora, hacía que yo pareciera un libro abierto. Sus labios, siempre húmedos y rosados, me gustaban. Me atraía su forma de hablar y de mirarte, la expresión de su cara, tan segura de lo que hacía. La mía, probablemente, todo lo contrario.

¿De quién creéis que se ha enamorado Sara en realidad? ¿Cómo creéis que evolucionará su depresión? ¿Creéis que el grupo funciona? ¿Solucionarán el enigma? ¿Cómo debe estar Roger ahora? ¡Todo y más en el siguiente capítulo!
Autor, AINA CATALÁN©
Traducción libre de Los Libros de Bastian y publicación con el consentimiento expreso del autor. Queda totalmente prohibida la reproducción de este texto sin la autorización expresa del autor Aina Catalán ni los que firman esta publicación, la Dirección de Los Libros de Bastian (www.loslibrosdebastian.com)
 

La magia de un libro

“Un mago es aquél que provoca sonrisas y devuelve libertades”
Me apetecía improvisar una pequeña creación inspirada en la lectura de El nen que volia tenir les mans transparents.
Me quedé con la profesión de aquél niño y, más allá de profesión, con su filosofía de la vida, con todo lo que implica la magia y todas aquellas sensaciones que consiguió transmitirme.
El autor de este libro, Aleix Cort, es el creador del Videolit, una herramienta en la que hace algo que nosotros defendemos contínuamente, la multidisciplina. Mezcla vídeo y letra, para obtener como resultado una creación nueva, diferente y mucho más amplia. Nosotros estamos convencidos de que la literatura hay que vivirla desde todas las artes, no sólo desde la letra, sino que debe ser compartida por la música, la imagen, movimiento y animación, la pintura y la fotografía. ¿Qué conseguimos con ello? Que la percepción sensorial de lo que leemos sea absoluta.
Tras la lectura del libro, El nen que volia tenir les mans transparents, y después de contrastar la opinión con Jaume M., joven que apostó por el libro y que me dio respuestas; el resultado en escena es éste.
Ponedle a este texto una banda sonora. Fly me to the moon, en una versión compartida muy especial para nosotros. Enlace a Spotify, Fly me to the moon, Frank Sinatra & Dean Martin, del álbum Frank Sinatra with Friends
Tomémoslo como un pequeño homenaje al autor, Aleix Cort, a quien agradezco que desee compartir con nosotros su conocimiento.
Espero que esta iniciativa sea el principio de un nuevo modo de entender Los Libros de Bastian y genere nuevas ideas para nuestro Espacio Creativo. Adelante, estáis todos invitados.
 

La clave del éxito. Capítulo 5. Novela de Aina Catalán

Aina Catalán nos presenta el capítulo cinco de su novela. Algo terrible está a punto de suceder.
Capítulo 5
Del libro La Clave del Éxito
Autor: Aina Catalán ©
Traducido por Los Libros de Bastian. Imagen y música seleccionada por la autora, Aina Catalán
Cuando llegué a casa, me puse a pensar. Puede que mi teoría estuviera equivocada. Posiblemente fuera por la visita de mi tía Bárbara. Tenía que pensar. Las ideas no llegarían solas sin darle vueltas a la situación. Si mi hipótesis era correcta, la carta no podía tardar mucho en llegar.
- ¡Sara! – llamó mi padre
- ¿Sí?
- ¡Baja, hay alguien que quiere hablar contigo! – dijo
En ese momento me quedé sin palabras. No sabía quién podía ser, pero, por supuesto, su objetivo no se alejaría mucho del tema de Roger. Fui a buscar las escaleras muy rápido. No me dio tiempo de pensar. Cuando llegué abajo el corazón se me paró. ¡Allí estaba la carta! Lanzada en medio del pasillo. La cogí. El sobre tenía manchas de sangre… ¿por qué?
Me dirigí hacia las escaleras. Antes de abrir el sobre, pregunté a mi padre:
- Papá, ¿cómo era la persona que te ha dado la carta?
No obtuve respuesta.
- ¿Papá? – pregunté
Fui al recibidor. El susto fue mortal… estaba tendido en el suelo, con un cuchillo al lado y quince puñaladas… No podía ser, estaba soñando. ¿Mi padre ha muerto?
Aquél monstruo había matado a mi padre. ¿Quién era el asesino?¿Quién era el que quería dejarme sola?
Salí corriendo. Aquél espectáculo no podía ser real.
- ¡Mamá, mamá! – llamé por toda la casa
No hubo respuesta.
- ¡Mamá responde, por favor!
No hubo respuesta.
Me quedé sola, estirada en el sofá, viendo la televisión. Ya eran las 22:46h y mi madre no estaba. Yo no quería salir del comedor. Tenía miedo. Vi la carta. Estaba en la mesita. La abrí:
“Hola Sara…
Siento el espectáculo en la entrada de tu casa, pero temía que te dijera cuál es mi aspecto y me pudieras descubrir. Sabes que no es justo que ninguno de los dos haga trampas… Además, mira la parte positiva: Ahora ya no tienes el castigo que te habían puesto. Piénsalo, al fin y al cabo, ¡te has quitado un peso de encima!
Tu madre tampoco volverá… se ha ido. Si quieres saber dónde está, llama a su teléfono. Escucha. Acércate al sonido y sabrás dónde está.
La siguiente pista es:
AS de picas (sólo uno y no lo encuentras), Dos de corazones (eliminados del mapa) y 7 de tréboles (se perderán por el camino).
Espero que no te cueste descifrarlo tanto como el anterior, porque no te queda mucho tiempo…
ATT
IDB/BMT”
La carta era muy larga. Parecía que ya supiera lo que pasaría. Este caso era complicado. Me puse a pensar… ¿Qué quería decir con “tu madre tampoco volverá… se ha ido”? En la carta me explica cómo encontrarla… debo llamarla. Voy a llamarla.
Ring! Ring! (venía del piso de arriba). Ring! Ring! (Giraba hacia la izquierda, en mi habitación). Ring! Ring! (al lado de mi cama, en el armario)… dejó de sonar. Abrí el armario. Se me cayó encima el cadáver de mi madre. Caí al suelo, entre el miedo, la tristeza, la rabia, el dolor, la angustia, la sangre… Yo me quería suicidar. Grité.
¡¡¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHH!!!!!!!
No podía ser verdad. ¿Cómo podía llegar a ser una persona tan cruel?¿Qué había hecho yo para merecer este escándalo?¿Quien era ese o esa psicópata?
Hice la maleta con todo lo necesario – un teléfono, llaves, comida y ropa de abrigo – y me fui de casa. El primer lugar que se me ocurrió fue la casa de Roger… Pero pensé que no podía hacer pasar a la Señora Forencs por eso e involucrarla en mis problemas. La segunda casa que vi fue la de Bruno, pero mejor que no… Después vi la casa de Mireia. La llamé. Le expliqué lo que había ocurrido, no podía creerlo. Lo explicamos a sus padres y me acogieron. Viviría allí a partir de ahora.
Al día siguiente, la boca me tartamudeaba, no podía pensar, en clase dormía las horas que no había podido dormir por la noche, no escuchaba, no tenía la posibilidad de encontrar a Roger, sólo sabía que lo había perdido todo.
A la hora del patio, estuve sola, estirada en un rincón. No podía dormir porque aún estaba en estado de shock. Si dormía, tenía pesadillas. No me gustaba. Siempre soñaba en cosas positivas y en mis retos diarios. Mi autoestima estaba por los suelos. Todo era culpa mía. Si me hubiera dado prisa y hubiera pensado mejor y más rápido, podría haber evitado todo este desastre. Pero no había sido así.
De repente, una mano me tocó. De un salto, me quedé sentada. Tenía miedo. No sabía quién era. En ese momento, vi aquella cara. La persona de mis sueños. Estaba a mi lado. Su sonrisa extravagante espantaba mis pesadillas. Sus ojos verdes como el campo en primavera, me miraban fijamente. A través de ellos, podía ver la paz y serenidad de aquella persona.
- Tranquila, todo se solucionará – me dijo
Yo me tranquilicé. Sus palabras fueron mágicas. Pensé que su voz era muy dulce.
¡Me encanta! Me acerqué a él. Me dio la mano y me prometió que llegaríamos a descubrir quién era la persona que me estaba maltratando psicológicamente de aquella manera. Me dio un beso en la mejilla. Una lágrima cayó por mi rostro. Abrí los ojos. Era Bruno. No estaba soñando.
- Encontraremos el asesino… ¡y le venceremos! – dijo él
Le guiñé el ojo. Estaba segura. Ahora estaba rodeada con sus brazos. Cerré los ojos. Sentía su olor, su tacto, su mirada, su voz… Lo tenía todo. Era Bruno, no tenía otra descripción.

Y aún más y más cambios. Dijimos que el asesino actuaría y lo ha hecho. ¿Qué pasará ahora con Roger? ¿Creéis que Sara querrá seguir adelante con la investigación o se quedará estancada? No le queda mucho tiempo. ¿Qué creéis que hará?
Autor, AINA CATALÁN©
Traducción libre de Los Libros de Bastian y publicación con el consentimiento expreso del autor. Queda totalmente prohibida la reproducción de este texto sin la autorización expresa del autor Aina Catalán ni los que firman esta publicación, la Dirección de Los Libros de Bastian (www.loslibrosdebastian.com)
 

La clave del éxito. Capítulo 4. Novela de Aina Catalán

Aina Catalán nos da más pistas de La Clave del Éxito. Mireia está de vuelta y aparece un nuevo personaje. ¿Quién formará el equipo?
Capítulo 4
Del libro La Clave del Éxito
Autor: Aina Catalán ©
Traducido por Los Libros de Bastian
Si sumas uno y le restas uno, te quedas en cero
Salí de casa. Dejé una nota a mi madre, diciéndole que estuviera tranquila, que había salido con Júlia. En realidad, me fui a casa de Mireia. Quería saber qué pasaba y cómo estaban sus padres por la desaparición, que fue tan misteriosa como la de Roger. Mireia vivía en la calle Costa Rio número 67. El portal era grande y majestuoso, en cambio su piso era pequeño. Entré. Cuando llegué a la puerta de su piso, me asusté mucho, porque cuando llamé al timbre, me abrió Mireia. ¡No la habían raptado ni estaba muerta! Seguramente aquél día nos dio esa paranoia por todo lo que había pasado con Roger.
- ¡Hola Sara!
- ¡Hola Mireia! ¡Qué alegría de verte! – dije yo aún asustada
- ¿Qué haces aquí? – preguntó curiosa
- Es que como el otro día no viniste, pues Júlia y yo nos asustamos porque después de lo de Roger cualquiera se imagina un asesinato… – dije yo
Mireia me miró con cara de loca, pero no le dio importancia a mis tonterías. Estuvimos hablando. El miércoles no vino porque tenía mucha fiebre, más de 40 grados. Yo tampoco hubiera venido. Aunque era raro que no avisara… Pero daba igual en estos momentos, porque ahora sabía que no todo se había hundido. Que no estaba totalmente sola. Tenía amigos. En estas circunstancias los necesitaba, y mucho. No podía seguir adelante con la investigación yo sola… Necesitaba un equipo. Las personas más leales serían mis escogidas. Estuve pensando en los sospechosos: Júlia, Mireia, Marina, Carla, Miquel, Arnau (el mejor amigo de Roger) y Bruno (más valía tenerlo cerca)… Había gente sospechosa, como Inga, Berta y María.
Al día siguiente les llamé a todos a la hora del patio y les mostré las notas y mis principales hipótesis. Cuando acabé, añadí:
- Bueno chicos y chicas, supongo que creéis que esto no puede ser una broma… Alguien nos la está jugando… ¿Qué hacemos?
- Baaaah, yo creo que es una chorrada como una catedral – dijo Bruno
- ¿Crees que Roger se esconde? – dije yo
- No, creo que es una chorrada que estemos aquí quietos, sin hacer nada. ¡La policía no se nos puede adelantar! – gritó. Me guiñó un ojo. ¡Qué simpático es!
- ¡Tienes razón Bruno! – contesté yo
- ¡Yo soy el mejor amigo de Roger, no lo podemos perder! – dijo Arnau
- ¿Qué crees que debemos hacer? – le preguntó Mireia
- Yo creo que deberíamos buscar más notas… – dijo
- No las he encontrado. Me las envían constantemente. Sólo las encuentro cuando hago alguna cosa bien. – respondí
- Y la parte de los policías, ¿cómo sabes que está bien si aún no te ha llegado la nota? – dijo marina
- No lo sé. Ya os he dicho que eran ideas… – respondí tímidamente
- Ya os lo había dicho, ¡está loca! – dijo Carla riendo
- ¡NO ESTOY LOCA! – gritó
- Yo creo que es correcto.- dijo una voz que no formaba parte del grupo.
Todos nos dimos la vuelta. ¿Quién era?
Tenía el rostro pálido, llevaba gafas y su pelo era castaño claro. Llevaba trenzas y la cara pecosa. Tenía la cara chupada y era esquelética. Llevaba un vestido gris que le llegaba por las rodillas, medias negras y calzaba zapatos grises.
- Me llamo Ágata. Tengo dos años menos que vosotros. Pero me han subido de nivel dos cursos porque dicen que ya estoy preparada para vuestro nivel intelectual.
- ¿Eres superdotada? – preguntó Miquel
- Sí – respondió Ágata
- ¡Ostras, qué coincidencia! Yo también lo soy, pero no en todos los aspectos ni asignaturas. Sólo en la música. ¡Soy un gran guitarrista! Desde que tengo 4 años toco la guitarra.- Respondió
Todos se quedaron muy sorprendidos. Tenían dos superdotados en el equipo. Pero sólo nos servía uno, porque el otro no tenía nada que ver.

¡Qué cambios! El grupo está formado por personas que no tienen nada que ver con Sara… ¿Funcionará esta diversidad? ¿Y Miquel y Ágata? Son dos superdotados… ¿Servirán? Los cambios continuarán… Pero lo mejor está por llegar… ¡El asesino quiere actuar!
Autor, AINA CATALÁN©
Traducción libre de Los Libros de Bastian y publicación con el consentimiento expreso del autor. Queda totalmente prohibida la reproducción de este texto sin la autorización expresa del autor Aina Catalán ni los que firman esta publicación, la Dirección de Los Libros de Bastian (www.loslibrosdebastian.com)
 

La clave del éxito. Capítulo 3. Novela de Aina Catalán

Sara se estiró en la cama y se quedó dormida. Demasiadas emociones y un misterio por resolver. Continuamos con La clave del éxito, de Aina Catalán. Vamos por el tercer capítulo, con una nueva imagen y propuesta musical.
Capítulo 3
Del libro La Clave del Éxito
Autor: Aina Catalán ©Traducido por Los Libros de Bastian

 

Hoy es miércoles. Se acaban las clases a la una y media del mediodía. ¡Qué descanso! A primera hora tengo Naturales. La profesora se llama Irene Dalmau. Está a punto de jubilarse, porque ya debe rondar los sesenta años. Naturales me gusta mucho. Es una asignatura divertida, aunque muy difícil. Los controles de Naturales acostumbran a ocupar unas seis páginas por delante y por detrás. Se hacen muy pesados y has de escribir muy rápido, ya que sólo tienes una hora disponible.
Los miércoles no como nunca en el cole, me voy a casa. Ya es la hora del patio de la mañana. Hoy no tenía desayuno, porque con todo lo que pasó ayer, no me acordé de prepararlo. Vi a Júlia,  tenía cara de no haber dormido mucho la noche anterior. Estuvimos hablando de lo que había pasado y le comenté la última nota que me había encontrado. Se asusto más. Ya no sabíamos cómo seguir.Después de hablar mucho rato, me di cuenta de que Mireia no había venido a clase. Qué raro. Le pregunté a Júia si la había visto y me dijo que no.
- Júlia, ¿has visto a Mireia hoy?
- No, ¿y tú?
- No. Qué extraño, ¿no crees? – dije yo
- ¿Cuándo fue la última vez que hablaste con ella?
- Ayer por la tarde volvimos juntas del colegio y estuvimos hablando del caso de Roger – dijo con un tono inquietante.
- ¿Ibais con alguien más? – pregunté yo
- Sí, volvimos en el coche de Inga. Ibamos las tres juntas detrás. Nos oía hablar, pero no decía nada. Yo me bajé la primera. No sé lo que pasó después… – dijo
- ¡Oh no! Ya sé quién es el asesino… – dije yo
- ¿Inga Dauro Verini? – preguntó
- Sí – dije – Todo encaja excepto una cosa. Mira, ¿quién se quedó a solas en el coche donde viste tú por última vez a Mireia? Inga. ¿Quién es tan cruel como para tener envidia a Roger? Inga. Pero no todo ha sido idea suya. Su amiga Maria Barra Tacnode también le ha ayudado. ¿Recuerdas las otras iniciales, BMT? Pues son las suyas. Todo encaja, menos las operaciones combinadas que nos pusieron en la nota 2, ¿qué querría decir?
- No lo sé. Pero, ¿por qué querrían hacerle daño a Roger? ¡Si le cae muy bien a todo el mundo! – dijo
- Eso es lo que no me cuadra – añadí yo
- Quizás no es ella… – dijo Júlia
- O quizás sí – dije yo
¡Riiiing! ¡Hora de clase!
Aquella tarde volvi sola a casa. Mireia no había venido. Cada miércoles volvía con ella. Se me hacía raro tener que volver sola y sin hablar. Ahora estábamos solos mi subconsciente y yo. Sólo podía pensar en ella y en Roger. ¿Quién era el que me estaba matando por dentro? ¿Quién me quería dejar sola en el mundo?¿Quién?
Llegué a casa y noté la presencia de alguien más. No estaba sola. Su olor era peculiar. Me sonaba de algo, pero no sabía de qué. No le di importancia. De repente, oí pasos. Venían del piso de arriba. Subí las escaleras sin pensarlo dos veces. Sabía que si me paraba, las piernas se me congelarían y no tendría valor para subir. No encendí las luces porque quien quiera que fuese lo vería y se escaparía. ¿Y si era el asesino? No podía pensar en otra cosa que en su muerte. Llegué a la planta superior. Me escondí detrás del primer mueble, con el que casi choco. Oía sus pasos cada vez más fuertes y más cerca. Cerré los ojos con fuerza y deseé que no me encontrara, pero me encontró. Notaba su aliento maloliente en mi cara. Parecía que fumara. Noté un movimiento extraño. Quería sacar algo del bolsillo. Tenía miedo. No hacía más que temblar. Abrió las luces… ¡Era mi tía Bárbara! ¡Vaya susto!
Mi tía es policía y especialista en casos de desapariciones y maltrato infantil. Me venía perfecto para mi caso. Me pregunté qué hacía por aquí, aunque siempre andaba arriba y abajo, así que lo dejé estar.
- Hola cariño
- Hola tía Bárbara – contesté entusiasmada
- ¿Qué haces por aquí?
- Me han llamado de la comisaría. ¿Tú sabes alguna cosa de este chico? –preguntó, enseñándome una fotografía
- Sí – respondí convencida
- ¿Sabes cómo se llama?
- Sí, Roger. Es mi mejor amigo – contesté casi llorando – Estoy en medio de todo este tema. Nosotros le dijimos a la Señora Forencs que os llamara, pero no pensaba que tú podrías estar en el caso…
- En realidad no lo llevo yo. Lo lleva el agente BMT – dijo
- ¿BMT? – pregunté
- Sí, ¿le conoces? – dijo extrañada
- No respondí – ¿Pero por qué tiene estas iniciales? – pregunté con curiosidad
- No lo sé exactamente. Hay quien dice que es por la matrícula de su coche, otros que por sus deportes preferidos, boxeo, motociclismo y tenis, hay quien afirma que es por su familia, él se llama Bob, su esposa Tània y su hija María. Creo que ella va a tu escuela
- ¿María Barra Tacnode? – pregunté
- Sí, creo que sí – respondió
Me puse a pensar en la operación matemática de la nota: 12+12=24 horas + 15 = no te queda mucho tiempo.
Los doces podrían significar las horas de un día que juntos suman 24. Pero el quince, ¿qué querría decir con el quince? Cuántas cosas conocía yo relacionadas con el caso que fueran números: número de chicos de la clase, no creo que sean magnitudes directamente proporcionales. Número de familiares, tampoco. Número de muertos/raptados, no creo… ¿Número de sospechosos? Interesante solución, pero no creo que fuera eso. ¿Número de policías? No creo… Bueno, podría ser… ¡Ya está! Si la policía encontraba antes que yo a Roger, el asesino le mataría. Por eso me queda poco tiempo. La policía es muy rápida. No me podía parar. Si ésta era la solución del caso, tendría que darme prisa o Roger moriría.
- Tía, ¿cuántos policías sois en el departamento los que trabajáis en este caso? – pregunté, segura de la respuesta
- Somos 14 – dijo
Se me alargó la cara… ¿Qué significado tenía sino el número quince?
- ¿Ya te has contado a ti misma? – pregunté
- No, contándome a mí, somos 15 – afirmó
- Perfecto – susurré
- Debo continuar con mi investigación. Me voy – me dijo
- Claro. Suerte, espero que encontréis a Roger – dije –. Pero no antes que yo – pensé.
- Adiós
- Adiós
Se fue. Ya eran las 14:47h, ¡qué tarde! Tenía que comer en diez minutos si no quería que mi madre me pillara aún comiendo. Cuando acabé, me puse a hacer los deberes.
Matemáticas: 5/8+6/9-√(2-6+8)x8/9=
Qué rollo, las operaciones se me transformaban en otras y mi cabeza daba vueltas. No me podía concentrar. Pensé en cambiar de asignatura.
Naturales: 1. ¿Pueden existir biocenosis iguales en ecosistemas que tienen condiciones ambientales diferentes?¿Por qué?
Yo no sabía qué me estaban preguntando. Era tan extraña como… mi tía…
Volví cambiar de asignatura:
Castellano: Escribe las normas de G/J
No tenía ni idea.Cambié de nuevo de asignatura.
Catalán: Fes una predicció de la setmana per a un estudiant d’ESO. (Haz una predicción de la semana para un estudiante de ESO).
Mi predicción es mala. No tengo nada más en qué pensar que la vida de Roger depende de mí y de mi inteligencia.
Me cansé de hacer deberes estúpidos, totalmente innecesarios cuando la vida de alguien está en peligro…

¡Qué nervios! ¿Qué ha pasado con Roger? Quizás fue precipitado avisar a la policía… ¿Y la Señora Forencs, qué pasará con ella y sus desgracias? Pero lo más importante: ¿Qué quería decir toda aquella expresión matemática? Todo esto en el siguiente capítulo…
Autor, AINA CATALÁN©
Traducción libre de Los Libros de Bastian y publicación con el consentimiento expreso del autor. Queda totalmente prohibida la reproducción de este texto sin la autorización expresa del autor Aina Catalán ni los que firman esta publicación, la Dirección de Los Libros de Bastian (www.loslibrosdebastian.com)