Esta semana y la siguiente, nos propusimos hablar de miedo. Miedo en la literatura, miedo en la música y miedo en el cine. El origen de esta idea está en una colección de libros de Chris Priestley llamado Cuentos de Terror; pero pensamos que sería buena idea llevar el tema del miedo más allá. ¿Qué lecturas, imágenes y música son las que nos producen miedo y cuántas de ellas están más cerca o más lejos de la realidad?
Tanto en literatura como en cine o música, podemos centrarnos en un miedo que yo apodaría como ficticio. Se trata de ese miedo producido por personajes extraordinarios y fantásticos, producto de la imaginación de mentes privilegiadas y soporte de las tradiciones culturales milenarias de la mayoría de las poblaciones de nuestro mundo. En este género podemos catalogar títulos y autores tan famosos en literatura como El conde drácula, Frankenstein de Mary Shelley, los múltiples relatos de Edgar Allan Poe o sucesores tan dignos como el que aquí mencionamos, Chris Priestley con su serie de Cuentos de Terror (en nuestro catálogo podéis encontrar dos: Cuentos de terror de los objetos malditos y Cuentos de Terror del Barco Negro ). Hablamos de un género muy específico, que provoca terror por la sorpresa y la fantasía. Añadiré que, en la mayoría de los casos y en mi opinión personal, muchas de estas historias y gran parte de los clásicos monstruos del género del miedo, me producen más bien tristeza – léase el caso más claro del pobre monstruo de Frankenstein, un ser creado por un loco científico que nunca pensó en que, más allá de un monstruo, lo que creó fue un ser absolutamente alienado y rechazado por la sociedad por su extrema fealdad, que se siente completamente solo, desatendido e incomprendido y que no encuentra nadie con quien poder conversar ni relacionarse, únicamente aquél que le creó por simple curiosidad-.
Estos personajes y género tiene su traducción en el cine con clásicos de los monstruos, la serie del psicokiller u otras películas más evolucionadas como The Blair Witch Project, de Eduardo Sánchez y Daniel Myrick, o El Bosque, de M. Night Shyamalan. En la música tendríamos el símil en el inicio del vídeo clip, con Michael Jackson y su Thriller o The Cure con aquellos vídeos tan claustrofóbicos.
Pero podemos hablar de otro tipo de miedo. ¿Qué pasa si eliminamos grandes dosis de fantasía e ilusión? ¿Qué tal si nos acercamos a situaciones más cercanas? ¿Y si hablamos de algo menos ajeno a nuestra realidad cotidiana? En este caso, probablemente nos acercamos a un miedo más real; precisamente, por su posibilidad de acontecer y aparecer en nuestro día a día y apoderarse de nuestra rutina. Pasamos por alto realidades que quizás producen más miedo; pero no reparamos en ellas ni las entendemos como miedo porque, en algunos casos, son demasiado sutiles, en otras porque, tristemente, las ignoramos por no considerarlas nuestras.
Podría dar paso a un sinfín de títulos que ilustraran esta idea, pero me quedaré con dos de ellos. Dos títulos que, cuando los leo y releo me generan angustia, ansiedad, inquietud y, en definitiva, miedo. Miedo porque están en nuestra sociedad actual, forman parte de nuestra rutina y ocurren, aún, en el siglo XXI.
Hablaré de El nen que volia tenir les mans transparents, de Aleix Cort (a ver si consigue edición en castellano, porque lo merece). El libro gira en torno a un joven cuyo origen está en un país extremadamente deprimido, donde la vida común de los niños está en las cloacas. Se trata de un país donde la adopción ilegal y el comercio de órganos está en el día a día de la sociedad y donde el resto de países permite que ocurra llegando, incluso, a aprovecharse y lucrarse de ello. Nuestro joven protagonista es arrancado de ese entorno para formar parte de una sociedad como la nuestra y tiene oportunidad, él que tiene “suerte”, de conocer dos mundos, completamente diferentes. Os dejo dos citas:
“La calle me robó algunas cosas, pero supe guardarme un pellizco de inocencia, esperando que volviera a salir el sol” (trad. libre de Los Libros de Bastian).
“Más que la comida, recuerdo el hambre fabuloso que pasaba. No es fácil sobrevivir en la calle. Y, aún menos, cuando llega el invierno. El frío es tan intenso en el país donde nací que, cuando lloras, las lágrimas se congelan” (trad. libre de Los Libros de Bastian).
El protagonista de esta historia consiguió salir de ahí, otros no tuvieron tanta “suerte” (insisto en las comillas) y murieron de frío, otros a balazos… eso sí debería darnos miedo… y no me refiero a vivir esa situación… sino a permitir que aún en el siglo XXI, sea posible.
Debo citar otro tipo de miedo. El miedo a perder mi libertad, miedo a que me dicten cuál debe ser mi horario, mi jornada laboral y personal y mis amistades. Miedo a que me marquen quiénes deben ser mis amigos. Miedo a perder la imaginación y la fantasía. Miedo a no ser capaz de improvisar, ni poder llegar a crear… nada. Miedo a perder espontaneidad y miedo a dejar de ser único. Imagina un mundo en el que todos somos iguales, en el que no hay lugar para la infancia, ni el ocio, ni el juego. Una sociedad donde lo más importante… ES NO PERDER EL TIEMPO. Si juegas, inventas, cuentas, charlas, conversas, ríes y sonríes… PIERDES EL TIEMPO. Ése es el planteamiento de Michael Ende en su historia de Momo. Es una historia que me deja helada, que me da miedo. ¿Por qué? Porque vivimos así, porque nos han educado así y porque temo que sigamos así durante mucho tiempo. Los “malos” son unos hombres de gris que nos ayudan a ahorrar tiempo, nos liberan de tiempo libre (e improductivo) para poder trabajar. Esos hombres de gris nos engañan diciendo que nos guardan el tiempo, sin decirnos que el tiempo guardado es tiempo perdido; porque mientras trabajamos sin parar, mientras dejamos de conversar y jugar, mientras dejamos de disfrutar de los que nos rodean y de las pequeñas cosas de la vida; mientras esto ocurre, el tiempo pasa, nos hacemos mayores y, al final, morimos.
“Existe una cosa muy misteriosa, pero muy cotidiana. Todo el mundo participa en ella, todo el mundo la conoce, pero muy pocos se paran a pensar en ella. Casi todos se limitan a tomarla como viene, sin hacer preguntas. Esta cosa es el tiempo.Hay calendarios y relojes para medirlo, pero eso significa poco, porque todos sabemos que, a veces, una hora puede parecernos una eternidad, y otra, en cambio, pasa en un instante; depende de lo que hagamos durante esa hora.Porque el tiempo es vida. Y la vida reside en el corazón.” Extracto de Momo, de Michael Ende.
(esta canción y esta escena, no están aquí por casualidad: Time is on my side, The Rolling Stones. Banda sonora de la película Fallen, de Gregory Hoblit)
De vosotros depende cómo aprovechéis el tiempo. Aprendamos a gestionarlo. Seamos productivos de la mejor manera: haciendo aquello que verdaderamente nos gusta, aquello para lo que nacimos, aquello que mejor se nos da. Sólo así conseguiremos combinar trabajo y diversión y de vuelta seremos lo que anhelamos desde que nacemos: PERSONAS FELICES.
Después de leer y releer el libro titulado La piel fría, de Albert Sánchez Piñol, por fin me decidí a incorporarlo en el catálogo de Los Libros de Bastian. Pero hablar de él sólo en una reseña, me sabía a poco, porque hay mucho más de qué hablar.
Aprovecho para inaugurar una nueva sección dentro del Espacio Creativo: Denuncia-opinión. Una sección para comentar todo aquello que nos parezca que merece hablar, opinar y proponer.
Acabo de escuchar al autor en una entrevista de Màrius Serra en el programa Alexandria, emitido en el año 2004 (La pell freda se publicó en el año 2002), diciendo que “es el miedo lo que mueve el mundo”. Yo pensaba que era el amor y la voluntad de amar… ¿Qué vida nos espera si nos movemos por miedo?
Aquí tenéis la entrevista
Este libro me hace reflexionar sobre la condición humana y el extremo hasta el que es posible llegar. ¿Dónde está la delgada línea que separa el amor del odio? ¿Hasta dónde podemos amar? ¿Cuánto podemos odiar?
Si sometemos al ser humano a una situación extrema donde la soledad, la incertidumbre y el miedo son los protagonistas, entonces es capaz de justificar lo injustificable en cualquier otra situación: la guerra, la lucha, el asesinato, la violación, la mentira, el engaño, la envidia, la indiferencia… el ser humano en su más vil estado, sólo por miedo, convertido en terror.
Miedo a estar solo, miedo a la incomunicación, miedo a ser diferente, miedo a desconfiar de uno mismo, miedo a lo desconocido… la guerra no es más que un acto de defensa ante el miedo, un acto de cobardía ante la falta de comunicación, un acto de rebeldía ante el egoísmo. ¿Puede el amor ayudar a superar el miedo y enfrentarse a todos los sentimientos más terribles? ¿Acaso no tratamos de arropar a un niño y acariciarlo con amor para que se olvide de todos sus miedos? ¿No intentamos que los verbalice y se comunique mediante el diálogo para que los vea de una manera racional y se conviertan en absurdos para poder eliminarlos? ¿No está la base en el amor?
El miedo del protagonista y de todos los protagonistas que sucesivamente retoman la historia viene causado por la AUSENCIA DE AMOR.
Me pregunto si ésta es una novela para un público juvenil. Quizás es una buena manera de andar prevenido acerca de lo que puede suceder si no hay diálogo ni estimación entre los que nos rodean…