El miedo en la gran pantalla
Hablábamos de miedo durante las semanas pasadas y citamos libros y música relacionadas. Pensamos que no está concluido el tema si no mencionamos algunos títulos del cine. No pretendemos aquí convertirnos en expertos críticos de cine y, probablemente, a cualquiera se le ocurrirán muchos títulos más de los que podamos citar. Nuestra única intención es citar aquellas películas y géneros relevantes al hablar de miedo.
Si nos remontamos a los clásicos, tal y como hicimos con la literatura, tenemos un punto de partida inevitable en las películas de los personajes monstruosos tan populares como Drácula o Frankenstein y de actores que los representaron, como los rivales Béla Lugosi y Boris Karloff. El primer drácula del cine (Béla Lugosi lo interpretó en los años 30) fue sustituido, a finales de los años 50, por el más famoso de los actores-vampiros, Christopher Lee, en películas coprotagonizadas por Peter Cushing, el eterno archirival. Pareja de cine que ya había comenzado con una interpretación cinematográfica de, precisamente, Frankenstein y el Dr. del mismo nombre en La maldición de Frankenstein (1957), dirigida por Terence Fisher. Christopher Lee interpretaría durante toda su carrera cinematográfica a múltiples personajes malvados. Cualquiera de aquellas versiones de Drácula distaban mucho de la leyenda original, que Francis Ford Coppola recupera en la película Drácula de Bram Stoker (1992) y nos recuerda que no se trata más que de una historia de amor. Algo similar ocurre con la novela de Frankenstein, de Mary Shelley, tras clásicos en los que el monstruo se mostraba agresivo sin ningún criterio, la película dirigida y protagonizada por Kenneth Branagh, Frankenstein de Mary Shelley (1994), nos recuerda la triste historia de este personaje; un pobre diablo creado para vivir en la más mísera soledad y rechazo.
Entre la película de James Whale, protagonizada por Boris Karloff y una de las más conocidas, y la película más moderna que conocemos sobre este personaje, la dirigida por Kenneth Branagh, pasaron más de 60 años. Ambas tienen algo en común, además de la magnífica interpretación de B. Karloff en la primera y Robert de Niro en la última, en las dos podemos descubrir la mayor de las tristezas y uno de los peores miedos, el aislamiento y la soledad.
Incorporo un tráiler de la versión de 1931, destacando especialmente una de las escenas que aún me siguen produciendo miedo; la primera de todas en este tráiler. Escena en la que Frankenstein, por complacer a la niña y queriéndole seguir el juego, decide comprobar si flota como una florecilla…
Incorporo también una escena de la versión interpretada por Robert de Niro. ¿Porque me dio miedo? Nada más lejos. Porque lloré.
Entre estas dos películas hubo una revolución en el cine de terror. En los años 70, los personajes clásicos de leyenda dejaron de ser el objeto del miedo y fueron sustituidos por un nuevo género, con un nuevo lenguaje y una estética absolutamente diferente. Nació el auténtico cine de terror. El que te hace levantar de la butaca, cerrar los ojos y apretar los dientes. El punto de inflexión está en una obra maestra La semilla del diablo, de Roman Polanski. Una película donde el terror se insinúa y juega con la mente del espectador, una película para mentes despiertas y corazones fuertes.
A partir de aquí, se abría un mundo de posibilidades por explorar, desde el terror más psicológico al más sangriento. Citaré mi serie de terror favorita, Pesadilla en Elm Street, con un fatídico Freddy Kruegger que nunca te dejaba dormir tranquilo. Aquella cancioncilla “Uno, dos, el hombre del saco…” te hacía sentir un sudor frío en la frente y un escalofrío en el interior. La exploración de los sueños y la dificultad para discernir ilusión y realidad. Esta serie, aparentemente atractiva por su alto contenido en escenas sangrientas, era interesante por el punto de inflexión. Aquí no escapabas del monstruo corriendo. De hecho, corriendo no lo solucionabas, pues te perseguía en tu sueño, una noche tras otra. Aquí la manera de vencerle era superarlo, ser más fuerte que él, en inteligencia, perspicacia y vitalidad.
Sólo hay una persona capaz de vencer a Freddy Kruegger y no es una chica indefensa, sino el conjunto de todo un equipo, encarnado en una misma persona. Sólo cuando nos sentimos verdaderamente fuertes, sólo cuando creemos en nuestra capacidad y tenemos autoconfianza, sólo entonces somos capaces de superar a los peores monstruos y despertar de las más horribles pesadillas. Por cierto, yo lo hubiera dejado en la 4.
(no está disponible para compartir una versión más clara, si queréis verla, pincha aquí).
Para repasar lo que ocurrió durante estos años en la historia del cine y comprender esta evolución, podemos guiarnos por lo que cuenta Jason Zinoman en Sesión sangrienta.
Investigando la industria del cine un poco más sobre el miedo y en vista de que los espectadores nos habíamos vuelto un tanto insensibles ante tanto terror y sangre evidente, surgió un estilo diferente. Un proyecto dio el pistoletazo de salida para una idea basada en la sugerencia terrorífica. En The Blair Witch Project, de Eduardo Sánchez y Daniel Myrick (1999), no se ve absolutamente nada parecido a monstruos, sangre ni asesinatos; únicamente se intuye. Y es esa imaginación desbordada, motivada y sugestionada exclusivamente con una cámara nerviosa y una narración genialmente desesperante por la inquietud que transmite, es eso lo que provoca la sensación de miedo. Un documental terrorífico donde debes esperar al final, para quedarte helado.







